En el silencio sofocante de la suite, Sebastián Corsini yacía encadenado al respaldo de la cama, con los puños apretados hasta el punto de hacerse daño con el acero de las esposas. El dolor de la mordida sangrante en el cuello y el punzadas en su pierna suturada no lograban apagar la rabia, la frustración y el deseo contenido que la "Gata Loca" le había dejado a medio terminar.Estaba furioso, humillado... y loco por que esa mujer regresara a complacerlo.—¡STRAVOS! —gritó Sebastián a todo pulmón, con la voz desgarrada—. ¡STRAVOS, MALDITA SEA, ENTRA AQUÍ!Pasaron unos segundos agónicos hasta que la puerta principal se abrió bruscamente. Stravos, tambaleándose ligeramente y sobándose la nuca por los residuos del gas anestésico, entró a la habitación con el arma en la mano.Al cruzar el umbral del dormitorio y ver la escena —su jefe completamente desnudo, amarrado a la cama, golpeado, con un disparo en la pierna, un chupetón sangriento en la yugular y una evidente frustración física—, a
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