El pequeño departamento olía a café recién molido y galletas horneadas. Era un oasis absoluto en medio de la tormenta que amenazaba con destruir la dinastía. Thiago se había quitado el elegante saco cruzado de diseñador, dejándolo doblado sobre el respaldo del sofá, y se había remangado la camisa blanca de vestir hasta los codos. Estaba sentado con total naturalidad sobre la alfombra de la sala, con las piernas cruzadas, rodeado de lápices de colores y hojas de papel.Frente a él, la pequeña Mía concentraba toda su atención en un dibujo, apretando los labios con una ternura adorable mientras trazaba líneas verdes.—Mira, Thiago... es un dragón —dijo la niña alzando el papel con una sonrisa orgullosa de oreja a oreja—. Es verde, tiene alas gigantes y cuida la casa para que nadie venga a hacernos daño.Thiago, el hombre cuyo nombre infundía un respeto helado en los rincones más peligrosos de la ciudad, se inclinó hacia ella con una mirada tibia, suave, imposible de ver en cualquier otro
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