La lluvia fina empapaba mis cabellos castaños rebeldes, pegándolos a mis mejillas mientras el aire frío de la tormenta se colaba bajo mi chaqueta de cuero negra. Dar un paso atrás sobre la piedra resbaladiza del balcón exterior requería un equilibrio que mi cuerpo, afectado por las seis semanas de mi embarazo secreto, apenas podía sostener.Frente a mí, envuelto por las sombras densas de la medianoche, Rocco Altamirano avanzaba de forma lenta, implacable. Su camisa negra de algodón, empapada por el agua, se adhería rígidamente a su torso robusto y a sus hombros anchos, dándole el aspecto de un monstruo nocturno surgido de su propia mansión.El hackeo informático que ejecuté con el pin del llavero de plata de mi padre no había servido de nada. La confusión vibraba en la penumbra con una tensión dramática brutal. Él creía que yo intentaba escapar para verme con un informante o un amante de las carreras clandestinas, alimentado por la trampa que Mauricio había lanzado en la junta directi
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