Capítulo 40 —Romper la magia
Durmieron poco.
El cuerpo de Vera se había rendido en algún momento de la madrugada, pesado y tibio contra el de Mauro, con una mano sobre su pecho y una pierna enredada con la suya como si, dormida, ya no supiera defenderse de aquello que despierta todavía intentaba ordenar.
Mauro fue el primero en abrir los ojos.
La habitación seguía oscura. Afuera no había amanecido, y por un instante no escuchó nada más que la respiración de Vera contra su piel. La tenía abrazada