Capítulo 32 —El refugio
Mauro sostuvo la frente contra la de Vera un segundo más de lo prudente.
El beso todavía le ardía en la boca. No había sido como los de París, ni como los besos que nacían del desafío. Ese había sido peor. Más suave, más humano, más peligroso. Vera no lo había besado para provocarlo, ni para odiarlo mejor, ni para ganar una batalla. Lo había besado porque algo en él se había abierto junto a la ventana y ella, por alguna razón que Mauro no entendía, no había salido huyendo