Durante el trayecto hasta la Villa Echeverría, Juliana sintió varias veces el impulso de devolverse. No porque dudara de lo ocurrido ni porque estuviera dispuesta a pedirle disculpas a Camila, sino porque cada estación del metro la acercaba al momento en que tendría que abandonar la única seguridad que conocía. Empezó a trabajar demasiado joven y, desde entonces, convirtió el esfuerzo en su manera de sobrevivir: si tenía miedo, trabajaba; si estaba triste, trabajaba; si el dinero no alcanzaba, trabajaba el doble. Renunciar significaba quedarse sin salario, sin referencias y sin una respuesta cuando Amanda preguntara qué harían después.Sin embargo, regresar a aquella casa como si nada hubiera sucedido significaba aceptar que Isabela y Camila podían humillarla cuantas veces quisieran porque necesitaba el empleo.Cuando llegó a la propiedad, se detuvo frente a la entrada de servicio con la bolsa del uniforme apretada contra el cuerpo. Durante años habia cruzado esa puerta sin cuestionar
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