—No es una cita —repitió Juliana por tercera vez.
Amanda, sentada en el borde de la cama, cruzó las piernas y la contempló con una sonrisa que dejaba claro que no le creía una sola palabra.
—Un hombre te invita a cenar a un restaurante frente al mar, hace una reservación para los dos y te pide que uses algo bonito. Suena bastante a una cita.
—Sebastián no me pidió que usara algo bonito.
—Pero llevas veinte minutos decidiendo qué ponerte.
Juliana desvió la mirada hacia las dos prendas extendidas