Juliana llegó al restaurante a las siete y cincuenta y tres. El lugar ocupaba una terraza privada frente al mar, iluminada por pequeñas lámparas que se reflejaban sobre el agua. La música era suave y las mesas se encontraban separadas por suficiente distancia para ofrecer privacidad.
Una mujer vestida de negro la recibió en la entrada.
—Buenas noches. ¿Tiene una reservación?
—Sí. A nombre de Sebastián Echeverría y Juliana Ríos.
La mujer consultó la pantalla y sonrió.
—Por supuesto. El señor Ech