El recuerdo del desayuno regresó a su mente sin permiso y Sebastián apretó los labios. Había pasado buena parte de la mañana pendiente de si Juliana probaría los huevos, de si le parecerían horribles, de si se reiría de él o, por algún milagro, encontraría algo rescatable en aquel desastre culinario. Cuando ella dijo que tenían potencial, aquella frase absurda le produjo una satisfacción desproporcionada para algo tan insignificante.Ahora entendía por qué.La carta.Las instrucciones.Las palabras de Santiago metiéndosele en la cabeza.Eso era todo.Su abuelo había conseguido predisponerlo. Le había dicho que debía conocerla, escucharla, descubrir lo que le gustaba, hacerla sonreír, prestar atención a sus reacciones, y Sebastián, sin darse cuenta, había comenzado a hacerlo incluso cuando no estaba pensando conscientemente en las instrucciones.Era una sugestión.Una manipulación extraordinariamente bien diseñada, tenía que reconocerlo, pero una manipulación al fin y al cabo.Y él no
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