Sebastián permaneció varios minutos en medio de la sala, contemplando el pasillo vacío. Sabía que Amanda tenía razón, pero reconocerlo no solucionaba nada. Tampoco podía regresar el tiempo y tomar el teléfono a las siete y treinta y ocho, cuando todavía tenía la oportunidad de avisarle a Juliana.
Se acercó a la puerta de la habitación y llamó suavemente.
—Juliana.
No obtuvo respuesta.
»Sé que estás despierta.
—No quiero hablar contigo —contestó ella desde el otro lado.
Sebastián apoyó una mano