Capítulo 36. Pecando de inocente.
Sandra apareció en la mansión Altamirano a media mañana. Sin esperar a ser anunciada, entró a la sala principal con una elegante bolsa de boutique y una sonrisa fingida.—Ay, Emma, querida, perdona que venga sin avisar —dijo Sandra, acercándose con voz dulce—. Pero no pude pegar un ojo en toda la noche pensando en ti. Te traje este pequeño detalle para el bebé.Emma se sorprendió, pero recibió la lujosa caja de terciopelo con una sonrisa.—De verdad no tenías que molestarte, Sandra. Muchas gracias, es hermoso.—¿Cómo no me iba a molestar? Eres parte de la familia —Sandra se sentó a su lado y le acarició las manos con suavidad—. Cuando vi que esa desquiciada te empujó en el baño, te juro que el corazón se me detuvo. Si no alcanzo a agarrarte a tiempo... ay, Dios, no quiero ni pensarlo.—Me salvaste la vida, y la de mi hijo. Te estaré eternamente agradecida —respondió Emma, con calma al verla tan preocupada.—Para eso estamos, querida. Sé perfectamente que Nicolás y Gerardo han tenido s
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