El rostro de Cristian no mostró la menor alteración. Nada. Ni sorpresa, ni burla, ni una pizca de empatía.Estefanía sintió que sus palabras acababan de ser lanzadas al aire, perdiéndose en el espacio, sin alcanzar a llegar a ninguna parte.Suspiró y se dispuso a irse junto con sus sentimientos ignorados.Pero antes de que pudiera dar un solo paso, la mano de Cristian se cerró alrededor de su muñeca, tirando de ella.—Ven aquí —ordenó, dándole un pequeño empujón para acomodarla de nuevo sobre su regazo—. Siéntate.Estefanía obedeció sin fuerzas para resistirse.Cristian apartó el cabello de su hombro y enterró la cara en su cuello. Un segundo después, clavó sus dientes en la piel sensible, arrancándole un jadeo antes de lamer la zona con inesperada devoción, casi como si lamentara lastimarla.—Me gustas —murmuró contra su piel, mientras sus dedos se clavaban en sus caderas a un punto doloroso—. Me vuelves loco la mayor parte del tiempo, Estefanía. Pero ¿amor? No. No vamos a jugar a es
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