Esa noche, Estefania decidió hacer una cena especial para recibir a Cristian. Ya que su luna de miel se había arruinado. Hoy haría una comida ella misma, con sus propias manos.—A ver, échale más de esto —indicó Sonya, acercándole el frasco de orégano y señalando la sartén donde la cebolla ya se estaba dorando.Obedeció de inmediato, pero al sacudir el frasco con demasiado entusiasmo, una nube de especias salió disparada.Estefanía intentó esquivarla, pero tropezó con su propio pie y terminó apoyando la mano justo al borde del recipiente con la salsa de tomate, salpicándose la frente y la blusa clara.—¡Ay, no! —se quejó, mirándose la mancha roja en la ropa y luego limpiándose la frente con el antebrazo, solo para embarrarse más. Sin duda, era todo un desastre.Sonya no pudo contener una risita ahogada mientras le alcanzaba un paño húmedo para que se limpiara.—Tranquila, la cocina es así. Seguro que al joven Cristian le encantará su comida, señora.Abrió los ojos de par en par al dar
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