SEBASTENSus palabras, lejos de enfurecerme, me asientan el control. Es la biología de mi raza abriéndose paso en su sistema humano; el cachorro exige mi presencia, exige mi rastro, y ella no puede luchar contra el instinto animal que le inyecté la noche que la reclamé.—No luches contra eso, Aurora. Es una batalla que vas a perder —le digo, acortando la distancia por completo. Deslizo mis manos hacia sus tobillos, atrapándolos por encima de la sábana y tirando de ella con suavidad pero con firmeza, deslizándola por el colchón hasta que queda justo debajo de mí.—¿Qué haces? Suéltame —balbucea, aunque sus piernas ceden ante mi toque. Sus músculos están calientes, vibrando.—Te voy a ayudar —siseo, separándole las piernas con mis manos, arrodillándome entre sus muslos. Deslizo la sábana por completo, dejándola expuesta bajo la luz de la lámpara—. Estás a medias, frustrada y ardiendo. Yo voy a apagar ese calor.—No... no quiero —dice, pero su respiración se vuelve errática, profunda, y
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