AURORA.—¿Estás embarazada de Sebasten? ¿Tú, una humana? —suelta Fayir, dando un paso más, con los ojos verdes clavados en mi vientre con una intensidad que me hiela la sangre. Su tono es de pura incredulidad y asombro, como si estuviera contemplando una anomalía imposible.El pánico me atenaza los músculos. Mi instinto científico se apaga, reemplazado por una alarma biológica que me grita que estoy en peligro. Gabriela, al notar mi palidez, da un paso firme hacia adelante, colocándose por completo como un escudo entre el rubio y yo.—Señor Fayir, ya es suficiente, no hostigue a la señora —le espeta Gabriela con una valentía que no le conocía, aunque su voz tiembla levemente—. Ella no sabe nada... Señora Aurora, por favor, vaya a su habitación. Por favor, suba ahora mismo.No discuto. Mi mente analítica suele buscar respuestas, pero el aura de este tipo desconocido es demasiado pesada, demasiado peligrosa; le temo de una manera irracional que no puedo explicar con la lógica. Doy un pa
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