SEBASTEN—No me baja la leche, Sebasten —soltó en un hilo de voz, con el pecho agitándose por el llanto—. No puedo alimentarlo. Mira cómo lloraba antes de que le preparara esto... Se desespera, busca y no encuentra nada. Siente mi estrés, no lo sé, pero no puedo darle lo que necesita.Me hinqué frente a ella, quedando a la altura de sus ojos, y le puse una mano firme sobre la rodilla para sostenerla.—Mírame —le ordené con suavidad, pero con una firmeza que no admitía réplicas—. Mírame a los ojos, Aurora.Ella apretó los labios, conteniendo un sollozo, y sostuvo mi mirada.—Tu cuerpo no te está fallando —dije, acentuando cada palabra—. Acabas de sobrevivir a un ataque, te abrieron el vientre en una cirugía de emergencia y te sacaron a nuestro hijo en medio del caos. ¿Crees que tu biología es de piedra? Pasaste por un trauma brutal. Exigirte que tu cuerpo funcione como si nada hubiera pasado es una estupidez.—Pero él necesita la leche, Sebasten... —insistió, mirando al bebé que succio
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