La tranquilidad duró menos de lo que Valentina habría querido.Durante varios días, la casa de Sebastián se había convertido en algo parecido a un refugio real. No solo un lugar seguro, sino un espacio donde el miedo no estaba presente en cada rincón. La rutina comenzaba a construirse con pequeños gestos: desayunos compartidos, caminatas por el jardín, tardes silenciosas en la sala y conversaciones que, poco a poco, dejaban de girar solo alrededor del peligro.Valentina empezaba a conocer lo que significaba vivir sin sobresaltos inmediatos.Aun así, dentro de ella había algo que no terminaba de relajarse por completo.Era como un hilo tenso en el pecho.Una intuición.La sensación de que la calma todavía era frágil.Aquella mañana, el sol entraba por las ventanas de la cocina mientras ella preparaba café. Había aprendido la forma exacta en que le gustaba a Sebastián: fuerte, sin azúcar, servido en una taza blanca que siempre elegía sin pensarlo. Ese detalle mínimo, aparentemente insig
Leer más