La tranquilidad duró menos de lo que Valentina habría querido.
Durante varios días, la casa de Sebastián se había convertido en algo parecido a un refugio real. No solo un lugar seguro, sino un espacio donde el miedo no estaba presente en cada rincón. La rutina comenzaba a construirse con pequeños gestos: desayunos compartidos, caminatas por el jardín, tardes silenciosas en la sala y conversaciones que, poco a poco, dejaban de girar solo alrededor del peligro.
Valentina empezaba a conocer lo qu