Mundo de ficçãoIniciar sessão
Victoria despertó antes de que sonara la alarma.
El lado de Adrián estaba vacío.
No se sorprendió. Aun así, se quedó sentada en la cama durante unos segundos, mirando el espacio que él no había ocupado. La noche anterior era su aniversario de bodas, y ella había preparado una cena para los dos.
Adrián no llegó a tiempo.
Sobre la mesita seguía el estuche con el regalo que había comprado para él. Victoria lo tomó y lo guardó en su bolso sin abrirlo. Eran unos gemelos de plata con sus iniciales. Había pensado dárselos después de cenar, si la noche salía bien.
No salió bien.
Se levantó, se puso la bata y bajó las escaleras.
Adrián estaba dormido en el sofá de la sala.
Tenía la chaqueta doblada a un lado y el teléfono sobre la mesa de centro. Victoria se detuvo al verlo. Él había llegado a casa, pero no había subido a la habitación. Esa decisión decía más que cualquier explicación.
En el comedor, la cena seguía puesta. Dos platos, dos copas, servilletas dobladas y las velas ya apagadas. Todo estaba como ella lo había dejado.
Todo, menos su esperanza.
Clara apareció desde la cocina y bajó la voz al hablar.
—Buenos días, señora. ¿Retiro la cena?
Victoria miró la mesa unos segundos.
—Sí, por favor.
—¿Desea café?
—Té está bien, gracias.
Clara no dijo nada más. En esa casa, todos sabían cuándo callar.
Victoria subió a cambiarse antes de que Adrián despertara. Eligió un vestido sencillo, se peinó y cubrió el cansancio de su rostro con un poco de maquillaje. No quería que él notara cuánto le había dolido. No porque le diera vergüenza sufrir, sino porque ya sabía que su dolor no cambiaba nada.
Cuando volvió al comedor, Adrián ya estaba ahí.
Estaba de pie junto a la mesa, abotonándose los puños de la camisa. Al verla, levantó la mirada.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
Ambos se sentaron. Clara sirvió el desayuno y se retiró.
Victoria tomó la taza entre las manos, pero no bebió.
—Llegaste tarde anoche.
Adrián revisó su teléfono antes de responder.
—Tuve una reunión larga.
—Dormiste en la sala.
—No quise despertarte.
Victoria bajó la mirada a su plato.
Era una respuesta correcta. También era una forma de marcar distancia.
—Ayer fue nuestro aniversario —dijo ella.
Adrián dejó el teléfono sobre la mesa.
—Lo sé.
Victoria lo miró con sorpresa.
—¿Lo sabías?
—Sí. Pensé llegar antes, pero tuve que quedarme en el hospital. El doctor Ramírez necesitaba revisar unos informes de Fernanda.
El nombre de su hermana apareció otra vez entre ellos.
Victoria asintió.
—Entiendo.
Adrián la observó con seriedad.
—No fue mi intención ignorarlo.
Ella apretó un poco la taza.
—No dije que lo hicieras.
—Pero lo estás pensando.
Victoria sostuvo su mirada.
—Solo pensé que podríamos cenar juntos.
Adrián se quedó callado un momento.
—Ayer no era un buen día.
Victoria sintió el golpe de esa frase, aunque su rostro no cambió.
—Para mí sí lo era.
Adrián pareció incómodo. Abrió la boca como si fuera a responder, pero su teléfono vibró sobre la mesa.
Miró la pantalla y contestó de inmediato.
—Doctor Ramírez.
Victoria no necesitó preguntar nada. Sabía que la llamada era sobre Fernanda.
Adrián se puso de pie.
—¿Qué pasó? —preguntó—. ¿Hay algún cambio en su estado?
Victoria lo observó desde su silla.
La voz de Adrián cambió. Ya no sonaba cansado ni distante. Ahora hablaba con atención, con urgencia, como si todo lo demás hubiera dejado de importar.
—Voy para allá —dijo él—. No me mande nada por correo. Quiero hablarlo en persona.
Cortó la llamada y tomó las llaves del auto.
—Tengo que ir al hospital.
—¿Le pasó algo? —preguntó Victoria.
—El doctor dice que hubo una variación importante en sus signos vitales. Necesito verla.
Victoria escuchó esas palabras y no discutió.
—Claro.
Adrián caminó hacia la salida.
—No sé a qué hora vuelva.
No preguntó si ella tenía planes. No mencionó la cena. No recordó que acababan de hablar de su aniversario. Para él, la llamada del hospital había cerrado cualquier otra conversación.
—Adrián —lo llamó ella.
Él se detuvo junto a la puerta.
—¿Sí?
Victoria quiso decirle que ella también estaba ahí. Que no era solo la mujer que ocupaba la silla frente a él en el desayuno. Que también tenía derecho a ser tomada en cuenta.
Pero lo miró y supo que no la escucharía como ella necesitaba.
—Maneja con cuidado —dijo.
Adrián asintió.
—Te aviso cualquier cosa.
Salió de la casa.
Victoria permaneció de pie unos segundos. Después volvió a la mesa. Su desayuno seguía servido. El lugar de Adrián quedó vacío, con la silla apenas separada de la mesa.
Clara apareció de nuevo.
—¿Retiro el plato del señor?
Victoria miró la silla vacía.
—Sí.
La empleada retiró el plato en silencio.
Victoria subió a la habitación poco después. Al tomar su bolso, el estuche del regalo cayó al suelo. Lo recogió y esta vez lo abrió.
Los gemelos estaban ahí, intactos.
Eran un regalo que eligió para el esposo que tanto amaba. Le rompía el corazón.
Victoria cerró el estuche y lo guardó en el fondo del bolso. No tenía sentido seguir dejándolo a la vista, como si Adrián fuera a notarlo.
Se miró en el espejo.
Vio a una mujer arreglada, tranquila y sola. La esposa de Adrián Montenegro. La mujer que todos trataban como si hubiera tenido suerte al casarse con él.
Pero Victoria sabía la verdad.
Su matrimonio cumplió tres años, pero para Adrián nunca había empezado de verdad.







