Después de ese estallido, el silencio en el pasillo se sentía como una sentencia. Me quedé allí, plantada, esperando que Enrique me gritara o que, en su defecto, me obligara a regresar a la fuerza a ese cuarto que empezaba a parecerse demasiado a una jaula de oro.Pero él no hizo nada de eso. Solo suspiró, acercándose a mí con una lentitud que me desesperaba, y me rodeó con sus brazos. Me dejé guiar, más por agotamiento que por convicción, mientras regresábamos a nuestra habitación.Al entrar, él cerró la puerta con llave y me obligó a sentarme al borde de la cama, sujetándome las manos entre las suyas. Sus ojos no tenían la frialdad que solía ver cuando lo confrontaba; esta vez había algo más, una especie de pánico mal disimulado que me detuvo. Me acarició el rostro con una delicadeza extraña, casi como si estuviera despidiéndose de algo que se le escapaba entre los dedos.—Abril, por favor, mírame —dijo, con la voz apenas a un susurro, cargada de una urgencia que me erizó la piel—.
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