El arma cayó de mis manos con un tintineo débil, casi imperceptible frente al caos que rugía en mi interior. Mis dedos todavía sentían el rastro del metal, esa superficie fría que acababa de decidir el destino de un hombre.Miré a Enrique, extendido en el suelo como una bolsa de basura desechada, y un escalofrío me recorrió la columna. La realidad me golpeó con una fuerza bruta, obligándome a reconocer la verdad: lo había hecho, le había quitado la vida a alguien.—Soy una asesina… —susurré, y mi propia voz me sonó a la de una extraña—. Dios, por favor, perdóname, yo no quería, te lo juro, solo intenté defenderme…Las palabras se me atascaron en la garganta, mezcladas con un sollozo que luchaba por salir. Mis rodillas flaquearon, pero antes de que pudiera colapsar, unas manos firmes y grandes me atraparon, sujetándome con una urgencia que me devolvió al presente.Era Nikolái. A pesar de sus heridas y la palidez mortecina de su piel, sus ojos oscuros estaban clavados en mí con una inten
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