El hombre que me sujetaba no me soltó hasta que estuvimos bien lejos del balcón, perdiéndonos por el laberinto de pasillos de la segunda planta.
Mis rodillas temblaban tanto que apenas podía coordinar mis pasos, pero él me obligó a seguir avanzando con una firmeza que no admitía réplicas. Entramos en mi habitación y cerró la puerta, asegurándola con una doble vuelta que resonó como un disparo en el silencio de la casa.
Solo cuando estuvimos a salvo de miradas indiscretas, me soltó. Me giré de g