Cada línea me destrozaba un poco más, golpeando un lugar oscuro dentro de mí que dolía con una intensidad física, como si alguien hurgara en mi pecho con las manos desnudas, buscando un corazón que apenas sentía latir.
Estaba hundida en el suelo, recostada contra la madera de la cama, rodeada de aquellas fotografías como si fueran pruebas de un crimen que aún no entendía del todo. De pronto, el instinto se disparó, ese sexto sentido que se despierta cuando llevas meses viviendo en una jaula de