Los días posteriores a nuestra decisión pasaron como un parpadeo veloz, cargados de trámites rápidos, firmas en notarías y un silencio cómplice entre Luigi y yo.Hoy el peso de esa decisión me aplasta los hombros mientras las manecillas del reloj avanzan implacables hacia el momento exacto que cambiará mi destino para siempre. Ya no hay marcha atrás, ni un resquicio para la duda, porque las puertas de la sala del juzgado civil se abren frente a mí con una frialdad absoluta que congela el aire a mi alrededor, obligándome a dar el paso definitivo.Llevo puesto un traje sastre blanco impecable, limpio de cualquier rastro de sentimentalismo, armado como una armadura moderna para enfrentar lo inevitable de este día tan decisivo.A mi lado, Luigi mantiene una postura firme, ofreciéndome ese ancla de estabilidad que tanto necesito para no salir corriendo despavorida de este tribunal gris y aburrido. El juez nos mira por encima de sus lentes cuadrados, con la indiferencia típica de quien firma
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