Pov Luciana La noche ya había caído sobre la ciudad y el taxi se detiene frente al elegante restaurante que elegimos con Abigail. El letrero principal está totalmente apagado y las puertas de cristal lucen oscuras y cerradas, como si el lugar estuviera desierto. Frunzo el ceño, desconcertada, mientras observo el interior desierto a través del vidrio. Algo no marcha bien en este lugar y mi instinto me advierte que debo dar la media vuelta de inmediato.—Abigail, creo que nos equivocamos de hora o este lugar no abrió hoy. Lo que es peor, hice la reserva y me confirmaron —digo, buscando mi teléfono en la cartera apresuradamente—. Tendremos que buscar otro sitio para cenar por aquí cerca.Abro la puerta del auto y salgo a la acera, extendiendo la mano para ayudar a mi hija a bajar. Pero antes de que podamos dar un paso para alejarnos, un hombre alto se aproxima con paso firme desde la esquina. Es uno de los aparcacoches del establecimiento, con su uniforme impecable y una sonrisa que no m
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