Mundo de ficçãoIniciar sessão
Pov Abril
El ramo de rosas blancas estaba listo, terminé de maquillarme y me vi al espejo. El vestido rojo se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel, abrazando mi cintura y desbordándose en mis caderas sin pedir disculpas. La tela de satén resaltaba el volumen de mi busto de forma elegante y seductora.
Estaba completamente segura de que a Enrique le encantaría el corte de ese escote en V. Después de todo, desde que tenía memoria, él era el único hombre que me había mirado con verdadero fuego en los ojos. En mi pasado, cuando vivía en Colombia, las cosas habían sido muy diferentes con los hombres.
Tuve uno que otro pretendiente, pero ninguno se atrevió jamás a presentarme formalmente como su novia ante su familia. La respuesta de esos cobardes siempre era la misma: que yo no encajaba en los estándares de su sociedad. Decían que una mujer con mis kilos de más solo servía para esconderse entre cuatro paredes.
Pero todo cambió cuando mis padres decidieron mudarnos a Nueva York y el destino me puso a Enrique enfrente. Él me amó desde el primer segundo, me presumía orgulloso en sus eventos y repetía que mis curvas eran su perdición. Hoy cumplíamos dos años de casados y quería recordarle por qué se había enamorado de este cuerpo.
Cuando terminé de arreglarme, entre a la habitación de mi pequeña Lorena, bese su frente, arrope, le di instrucciones a mi nana Carmen de que no se despegara de ella. Sali de la mansión rumbo a la empresa.
Crucé el vestíbulo de Thompson Enterprises con el corazón apretado y una sonrisa que me costó cada músculo de la cara. Enrique me había dicho esa mañana que no podría salir a cenar, que los inversionistas no podían esperar, que la empresa necesitaba esta reunión más que nosotros necesitábamos celebrar cinco años juntos.
Yo lo entendí. Siempre entendía. Así que compré el reloj Patek Philippe que él llevaba meses mirando en catálogos, lo envolví en papel dorado, metí las rosas en papel y decidí darle la sorpresa en su oficina.
Porque así era yo. Tonta, romántica y completamente ciega.
El ascensor subió en silencio hasta el piso doce. La recepcionista no estaba en su puesto, la sala de juntas lucía vacía, y los pasillos tenían esa quietud rara de un viernes por la noche cuando todos ya se fueron a casa. Avancé por el corredor con el regalo entre los brazos y una emoción estúpida revoloteándome en el pecho.
Fue cuando me acerqué a la puerta de su despacho que escuché las risas.
Me detuve.
No eran risas de reunión. No eran risas de negocios ni de celebración corporativa. Eran risas de piel, de sábanas, de algo que te eriza la nuca y te revuelve el estómago al mismo tiempo.
Avancé tres pasos más. La puerta de madera estaba entreabierta, apenas unos centímetros, suficientes.
Me asomé.
Y el corazón se me fue al suelo.
Enrique embestía con saña a la mujer que yo había acogido en lo más profundo de mi corazón.
A la misma que defendí de todos con uñas y dientes, a la que metí a mi casa de par en par, compartiendo mi techo, mi mesa y mi vida. Rebeca, la madrina de mi hija, la que juró ante Dios proteger a los míos, se retorcía de placer bajo el cuerpo de mi esposo.
Incluso la puse por encima de mis propios padres, ignorando cada una de sus advertencias cuando me suplicaban que abriera los ojos. Tantas veces me repitieron que ella no me veía como una amiga, que solo me usaba como el escenario perfecto para brillar, buscando la menor oportunidad para opacarme y pisotearme.
Qué maldita estúpida fui al creer en su falsa lealtad, mientras ella solo esperaba el momento exacto para devorar lo que era mío.
Estaba de espalda apoyada sobre su escritorio. Mi escritorio. El que yo le ayudé a escoger. El que inauguramos con una botella de champaña cuando firmó el primer gran contrato. Rebeca reía con esa risa suya que yo siempre creí que era su forma de quererme, y él la miraba como nunca me había mirado a mí, con hambre, con calor, con algo que duele más que cualquier golpe.
Me tapé la boca con la mano.
No respiré.
—¿Y cuándo vas a divorciarte de esa gorda asquerosa? —preguntó Rebeca entre caricias, con una voz que yo reconocía.
—No desesperes, mi amor, muy pronto la dejaré en la absoluta calle —respondió Enrique, besándole el cuello con una devoción enorme.
—Es que ya no la soporto, ni siquiera sirve para cumplir como madre —continuó Rebeca, soltando una risotada cargada de veneno puro—. Primero te dio una hija enferma diagnosticada con leucemia a los cinco años, y luego perdió al bebé. Así es ella, torpe y estúpida,
Sentí que algo se quebraba dentro de mí. No fue un ruido, no fue un grito. Fue un crujido silencioso, de esos que nadie escucha pero que lo rompen todo.
Baje la mano a mi vientre, y pensé en el bebé que perdí hace dos años, recuerde la forma en que ella había pasado noche tras noche a mi lado, diciéndome que no me sintiera mal, que yo era una gran madre, y que debía salir adelante por lorena.
—No hables así —dijo Enrique, pero sin defensión, sin fuerza, como quien le dice a alguien que baje el volumen de la música.
—¿Por qué no? Es la verdad. —Rebeca volvió a reírse—. ¿Por qué sigues casado con ella si tanto la desprecias?
Enrique guardó silencio un momento. Luego habló, y su voz sonó tan tranquila que me heló por dentro.
—Lo hice porque el testamento de mi padre estipulaba que debía desposarla para heredar todo el control de las empresas Thompson —confesó Enrique—. Ambas familias eran muy amigas y Abril era el cheque de cambio perfecto para asumir el poder absoluto de la fortuna.
—Eso es una de estupidez, yo soy mil veces más hermosa, atractiva y elegante que esa ballena —reclamó Rebeca, cruzándose de brazos—. Estoy segura de que yo sí podré darte los hijos sanos que tanto deseas para continuar con tu apellido.
—No te impacientes, ya te dije que sus días a mi lado están contados —afirmó Enrique, dibujando una fría sonrisa en su rostro.
—Eso no es suficiente, quiero que ella desaparezca por completo de nuestras vidas —exigió , mostrando una fría mirada de maldad.
—¿Por qué la odias con tanta intensidad si se supone que eres su mejor amiga? —cuestionó él.
—La detesto porque siempre obtuvo lo que yo deseaba: una familia amorosa, mientras yo sufría con una madre adicta y un padre golpeador —escupió ella—. Durante la En la universidad todos los halagos eran para esa gorda inmunda, luego se casó contigo, no es justo que ella triunfara; quiero su lugar.
—Está bien, de todas formas nunca la amé y si algo le pasa, jamás la extrañaría —concluyó Enrique, sellando el pacto—. En cuanto a Lorena, la enviaré directo a un internado lejano donde se quedará olvidada para siempre por nosotros.
Un dolor desgarrador mutó rápidamente en una ira hirviente, despertando un deseo enorme de entrar y destrozarlos en ese mismo instante.
Sin embargo, la razón me obligó a contenerme al comprender que estaba sola ante dos monstruos capaces de asesinarme sin dudarlo. Pensé en mi pequeña Lorena, mi guerrera de que me necesitaba viva, y supe que debía ser inteligente para vengarme.
Giré sobre mis talones con el corazón destrozado, corriendo por el pasillo en busca de las escaleras para huir de ellos.
En mi desesperación por escapar a prisa, mi pie flaqueó y caí pesadamente, sufriendo un terrible esguince que me dobló el tobillo. Ignorando el sufrimiento, me levanté como pude y caminé arrastrando la pierna hasta el estacionamiento,
Subí al carro, puse el motor en marcha. Solo cuando las puertas se cerraron y la oscuridad me envolvió, las lágrimas llegaron.
—Idiota —me dije a mí misma—. Cinco años creyéndole. Cinco años.
Las manos me temblaban sobre el volante. Pensé en Lorena. En mi bebé que no llegó. En mis padres que perdí demasiado pronto. En Rebeca, que tomó mi mano en el hospital y lloró conmigo.
—¿Por qué, Dios? —pregunté en voz alta, y la voz me salió rota, fea, deshecha—. ¿Qué más me vas a quitar? Primero fueron mis padres. Y ahora esto.
Mi mente se transformó en un caos absoluto de recuerdos, perdiendo por completo el control de mi vehículo en la avenida.
El chirrido de las llantas resonó en el asfalto cuando el auto derrapó violentamente hacia el borde, directo al desastre. Visualicé el rostro de mi hija antes de que el violento impacto contra un poste de concreto apagara mi dolor. La densa oscuridad me devoró.







