UN IMPERIO EN LA OSCURIDAD

De repente, la calle se llenó de hombres fuertes que surgían de la oscuridad como sombras vivas. Eran como una muralla de músculos y determinación, rodeándonos en segundos.

Mi corazón dio un vuelco. Sasha se apretó más contra mí, temblando. Yo seguía arrodillada junto a su padre, con su sangre en mis manos y ese calor extraño que emanaba de su cuerpo herido. No entendía qué pasaba, pero algo en el aire gritaba peligro y poder al mismo tiempo.

El hombre que se acercó primero era alto, de cabello castaño tirando a rojo y ojos grises que cortaban como cuchillos. Me miró con un desdén que me hizo hervir la sangre. No dijo una palabra al principio. Solo levantó la mano y ordenó con voz firme, sin dejar espacio para dudas:

—Saquen a Nikolái de aquí ahora mismo. Llévenlo al hospital más cercano. Rápido, no hay tiempo que perder.

Los hombres obedecieron al instante. Lo levantaron cuidado pero con fuerza y lo metieron en una camioneta negra que apareció de la nada.

Sasha intentó seguir a su padre, pero el hombre de ojos grises lo tomó en brazos antes de que pudiera correr.

—Es hora de irnos —le dijo, con un tono que pretendía ser firme pero que solo sonó frío.

—¡No! —Sasha pateó, retorciéndose entre sus brazos con una fuerza que no le conocía a un niño tan pequeño—. ¡Quiero quedarme con mi mamá!

El hombre lo sostuvo con más fuerza, mirándome por encima de la cabeza del niño con un desprecio que no se molestó en disimular.

—Esa mujer no es tu madre —le dijo a Sasha, sin apartar los ojos de mí—. No puedes confiar en ella. No sabes quién es.

Sentí que me hervía algo por dentro.

—A lo mejor es una embaucadora —continuó, bajando la voz pero sin perder ni un gramo de desdén—. Una mujerzuela de la calle que busca…

No lo deje terminar, levante mi mano, y le crucé la cara con tanta fuerza que el sonido se quedó flotando un segundo entero en el aire de la noche. El golpe le giró la cabeza hacia un lado. Sasha se quedó congelado entre sus brazos, con los ojos como platos.

—¡Respétame, imbécil! —le grité, mirándolo directo a esos ojos fríos—. ¿Quién te crees que eres para hablarme así? La que debería dudar de quién eres tú soy yo. Apareces de la nada, dando órdenes como si fueras el dueño del mundo, y te atreves a insultarme delante del niño.

Él se llevó la mano a la mejilla, con los ojos grises encendidos.

—Usted no sabe con quién está hablando.

—Y usted no sabe absolutamente nada de mí —respondí, sin retroceder ni un centímetro—. El que debería dudar de su propia decencia es usted. Yo salí de mi casa a media noche a ayudar a un hombre que no conocía porque sus hijos llegaron golpeados y sangrando hasta mi puerta. ¿Y usted llega y lo primero que hace es insultarme delante de ellos?

Sasha seguía mirándonos a los dos, con la carita roja y los ojos llenos de lágrimas que ya no caían, atrapadas ahí por el susto.

—Así que no sea mal agradecido—terminé, sin bajar la voz, sin que me importara quién más estuviera escuchando—. Un hombre con esa cara de seguridad y ese traje carísimo, y no tiene ni una pizca de sentido común para saber cuándo cerrar la boca.

Algo cambió en su expresión. No fue arrepentimiento exactamente, pero sí algo parecido a la duda.

Sasha aprovechó ese segundo de distracción.

Se retorció con todas sus fuerzas, empujando los brazos del hombre, pataleando hasta soltarse lo suficiente para resbalar hacia el suelo. En cuanto sus pies tocaron el pavimento, corrió hacia mí y se aferró a mi cintura con una desesperación que me partió el pecho en dos.

—No me voy a ir —dijo, con la cara hundida contra mi cuerpo, hablando en español ahora, con ese acento dulce que mezclaba los dos idiomas—. Me quedo con mi mami. Ella es mi mami y punto.

El hombre de ojos grises se quedó mirándolo, sin saber qué hacer, con la mejilla todavía roja por mi mano.

Lo abracé. Le puse la mano en la cabeza y lo apreté contra mí, sintiendo cómo todavía temblaba, cómo su corazón pequeño latía descontrolado contra mi cuerpo.

—Estoy aquí —le susurré—. No me voy a ir a ningún lado.

Levanté la vista hacia el hombre que seguía de pie frente a nosotros, callado por primera vez desde que llegó.

—Su nombre —dije, sin pedírselo, exigiéndoselo.

Él tardó un segundo en responder, todavía procesando la escena, todavía sin entender del todo por qué un niño que apenas me conocía se negaba a soltarme.

—Dimitry —dijo finalmente—. Soy el mejor amigo y mano derecha de Nikolái Ivanoff, el dueño del imperio Ivanoff; un hombre cuyo poder es tan absoluto que podría reducirte a cenizas con una sola mirada. Un hombre ante el que incluso los más poderosos bajan la cabeza, porque cuando Nikolái Ivanoff decide destruir algo... no deja nada en pie.

Lo miré fijamente, sin soltar a Sasha, sin moverme un centímetro de donde estaba.

—Pues, Dimitry —le dije, sin titubear—, me importa un bledo quien sea su amigo, puede ser Dios si quiere. No me intimida, y si quiere que este niño coopere con usted, le sugiero que aprenda a hablarle con respeto a las persona que acaba de salvarle la vida.

Los hombres fuertes seguían rodeando la escena. La camioneta con Nikolái ya se había ido hacia el hospital. Todo parecía congelado en ese instante, con Dimitry y yo enfrentados en medio de la calle oscura, y Sasha aferrado a mí como si fuera su único refugio.

Sabía que esto apenas empezaba. Que ese hombre de ojos grises no se rendiría fácilmente. Y que mi vida acababa de complicarse de una forma que no podía ni imaginar.

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