Mundo ficciónIniciar sesiónLas luces volvieron de golpe.
Y con ellas, la pantalla.
Era grande, imposible de ignorar, colgada justo encima de la chimenea principal donde todos podían verla sin esfuerzo. La había mandado instalar Carmen esa tarde, mientras Enrique revisaba los últimos detalles sin sospechar absolutamente nada.
Tomé el micrófono con una delicadeza ensayada, clavando mis ojos cafés en la multitud que esperaba expectante una explicación del imprevisto técnico
. Enrique me miraba de reojo, manteniendo esa postura de galán seguro que tanto le gustaba exhibir ante los adinerados inversionistas. Sonreí con toda la sensualidad de mis labios, saboreando el dulce preludio de la destrucción que estaba a punto de desatar.
—Pido disculpas por el pequeño susto —dije, con una sonrisa que esta vez sí llegó a los ojos—. Los apagones no estaban en el programa. Pero resulta que yo también tengo una sorpresa para el hombre que tanto me ama.
Enrique estaba a unos metros. Lo vi acomodar la corbata con ese gesto suyo de cuando necesita ganar tiempo, y sonreír hacia los invitados con la seguridad del hombre que cree tener todo bajo control.
Respiré hondo. Y empecé.
—Quiero hablarles de Enrique, sobre lo increíblemente maravilloso que es como compañero de vida y como líder corporativo —continuó mi discurso—. No sé si alguna vez les he contado lo afortunada que soy de tenerlo a mi lado. Es un hombre extraordinario. Trabajador, elegante, presente. El tipo de esposo que cualquier mujer desearía.
Murmullos cálidos. Alguien suspiró con ternura. Una señora mayor cerca de la barra se llevó la mano al pecho.
—De su amor nació nuestra hija Lorena. —Hice una pausa y busqué a mi niña entre la gente. Estaba con Carmen al fondo, con sus ojos grandes clavados en mí—. La persona más perfecta que ha entrado en mi vida. Y cuando hace dos años perdí a nuestro bebé, Enrique estuvo ahí, sosteniéndome, dándome la mano, recordándome que no estaba sola.
Los aplausos llegaron solos. Fuertes, genuinos, calurosos.
Enrique dio un paso hacia adelante, hinchado de orgullo, con esa sonrisa de portada de revista que tan bien conocía. Se sentía el centro del universo. Se sentía intocable. Se sentía exactamente como yo quería que se sintiera antes de que todo se derrumbara.
—Vivo en un cuento de hadas —concluí, dejando que la frase flotara en el salón un momento—. De verdad que sí.
Más aplausos. Alguien gritó qué hermoso. Rebeca, desde su esquina, aplaudía con esa sonrisa tirante de quien celebra por obligación.
Esperé.
Dejé que el aplauso subiera, que llenara cada rincón del salón, que Enrique terminara de creerse el cuento.
Y entonces sonreí de una manera diferente.
—Lástima —dije, con una voz suave, casi dulce—. Lástima que todo lo que acabo de decir no representa al verdadero Enrique Thompson.
El salón cambió de temperatura en dos segundos.
Los aplausos murieron. Los murmullos llegaron en su lugar, confundidos, incómodos, buscando explicaciones en los rostros de los demás. Enrique dejó de sonreír. Lo vi procesar mis palabras con esa velocidad de hombre acostumbrado a controlar situaciones, y lo vi fallar por primera vez.
Se acercó. Lo hizo despacio, con pasos calculados, y cuando llegó a mi lado me tomó del brazo con una presión que dolía y que nadie más pudo ver.
—¿De qué trata todo esto? —me susurró, con la voz muy baja y tensa, pegada a mi oído.
Lo miré. Le puse la mano libre en el pecho, me puse de puntillas y le di un beso en la mejilla, despacio, como lo haría una esposa enamorada delante de doscientas personas.
—Tranquilo, amor —le dije contra la piel, igualmente en voz baja—. Solo quería darte un poco de tu propia medicina.
Se separó apenas. Sus ojos me buscaron con una pregunta que no pudo terminar de formular.
Levanté el control en mi mano derecha.
Y le di clic.
La pantalla se encendió.
Los primeros dos segundos fueron silencio. Después llegó el sonido, y el salón entero dejó de respirar al mismo tiempo. Porque lo que salía de esa pantalla no era un video de bodas ni un compilado de fotos románticas. Era la oficina de Enrique. Era su escritorio. Eran sus voces, completamente nítidas, sin lugar a dudas, sin posibilidad de error.
¿Y cuándo vas a divorciarte de esa gorda asquerosa?
La voz de Rebeca llenó cada rincón del salón como un balde de agua sucia.
Alguien ahogó un grito. Varios invitados se miraron entre sí sin saber qué hacer con las caras. Una mujer al fondo se tapó la boca con la mano.
Ni siquiera sirve para ser mamá. Primero te dio una hija enferma, y luego perdió al bebé como la torpe que es.
El salón explotó en murmullos. Escuché a alguien decir Dios mío. Escuché a otra persona decir qué asco. Vi a dos señoras mayores que ya no intentaban disimular la expresión de horror en sus caras.
Enrique reaccionó.
—¡Paren eso! —gritó, y su voz sonó rota, desesperada, completamente distinta a la del hombre que hacía tres minutos se creía invencible—. ¡Que alguien apague esa pantalla ahora mismo!
Nadie se movió.
— ¡Todo esto es una maldita farsa, el material está completamente manipulado por ella para destruir mi carrera profesional! —exclamó con desesperación—¡Les juro que eso no es cierto, yo amo a mi familia y a mi empresa por sobre todas las cosas! —añadió.
Pero la pantalla seguía. Y su voz también.
De todas formas nunca la amé. Solo fue un cheque de cambio para obtener la herencia. Si algo le pasa, nadie me preguntaría por ella.
Un hombre al fondo soltó un insulto en voz baja. Otro dejó su copa sobre la mesa con un golpe seco y deliberado.
Rebeca intentó salir hacia la puerta lateral.
—Tú tampoco vas a ningún lado —dije al micrófono, sin levantar la voz, sin necesitarlo.
Ella se detuvo.
Y yo me quedé de pie en el centro de ese salón. La reputación impecable del gran heredero de la corporación Thompson acababa de convertirse en un montón de cenizas apestosas ante la sociedad. Me crucé de brazos, disfrutando desde la altura del estrado el glorioso inicio de la guerra que destruiría sus vidas para siempre.







