INFIERNO TRAS DE MI

Me volteé hacia Rebeca.

Ella seguía cerca de la puerta lateral, con los ojos desorbitados y la mandíbula apretada, buscando con la mirada una salida que ya no existía. El salón entero la estaba mirando. Doscientas personas que la conocían, que habían comido en su mesa, que la habían abrazado en mis fiestas, ahora la miraban de una manera completamente distinta.

Caminé hacia ella despacio. Sin prisa. Con el micrófono en la mano y la espalda tan recta como nunca en mi vida.

—Rebeca —dije, y su nombre en mi boca sonó casi cariñoso—. Mi mejor amiga. La hermana que la vida me regaló porque la sangre no alcanzó. la mujer que durante años se autonombró con orgullo mi mejor amiga, aquella a la que apoyé incondicionalmente en sus peores momentos económicos y defendí con uñas y dientes ante la sociedad —declaré firmemente al micrófono, alzando la voz para que resonara en cada rincón del salón.

Ella no dijo nada. Solo me miraba.

—La defendí aun cuando mis padres me advirtieron mil veces que ella no era nadie confiable para entrar a nuestro hogar, pero al final, el tiempo demostró que mis padres tenían toda la razón al desconfiar de sus falsas intenciones. Resultaste ser una vil arribista, una zorra barata que solo anhelaba con desesperación quedarse con mi maravillosa vida.

Rebeca comenzó a temblar notablemente de la rabia, apretando sus puños mientras los murmullos de reproche caían sobre sus hombros. Su elegante vestido ahora lucía ridículo, despojado de toda la gracia que pretendía presumir.

—¿Qué se siente sentirse tan poca cosa en este mundo, Rebeca? ¿Qué se siente que tu única meta sea envidiar minuciosamente a una insípida gorda como siempre me llamaste a mis espaldas? —le pregunté con una sonrisa cargada de absoluta superioridad, disfrutando ver cómo se le desencajaba el rostro ante la mirada de todos.

—Mírenla bien, no es más que una recogida muerta de hambre que pretendía escalar posiciones destruyendo a mi hija —añadió una invitada.

—Es una completa basura, una trepadora sin un gramo de dignidad que da profunda vergüenza ajena —comentó otra mujer con asco.

Al ver que era el centro de atención colectiva y que todos se reían de ella, Rebeca explotó perdiendo los papeles.

Su rostro se desfiguró por la locura del fracaso, emitiendo un chillido gutural que resonó con fuerza en las paredes de la mansión. Caminó con torpeza y se lanzó salvajemente sobre mí con las uñas listas para atacar mi rostro.

Varias personas gritaron. Alguien tiró una copa.

Pero yo no me moví.

La esperé.

Y cuando llegó, me hice a un lado con un movimiento que no planeé pero que el cuerpo hizo solo, tomé su brazo con las dos manos, usé su propio impulso en su contra y la dejé ir al suelo.

El golpe fue seco. Rotundo. Imposible de ignorar.

El salón quedó mudo.

Rebeca estaba en el suelo, con el vestido desacomodado y el cabello sobre la cara, mirándome desde abajo con una mezcla de humillación y rabia que no cabía en ninguna expresión humana conocida.

Me agaché levemente. No mucho. Solo lo suficiente para que me escuchara bien.

—Ahí es exactamente donde perteneces y donde te quedarás de ahora en adelante, tirada en la inmundicia —sentencié mirándola desde arriba con desprecio

Ella intento replicar pero no pudo.

—¿De verdad eres tan estúpida para creer que un hombre como Enrique Thompson se conformaría con una tipa como tú? Para los hombres crueles y ególatras como mi marido, jamás nada en esta miserable vida es suficiente; hoy te quedas con mis sobras, querida, disfruta del desecho de hombre que te estoy regalando delante de todos.

Me volteé sin esperar su respuesta.

No la necesitaba.

Enrique seguía al centro del salón, paralizado, con la mirada yendo de la pantalla a Rebeca en el suelo y de vuelta a mí, sin encontrar ninguna dirección que tuviera sentido. Era la primera vez en cinco años que lo veía sin saber qué hacer. Sin un libreto. Sin una salida preparada. Solo un hombre descubierto delante de todos los que alguna vez lo admiraron.

Lo dejé ahí.

Busqué a Carmen con los ojos. Ella ya tenía a Lorena de la mano y el bolso colgado en el hombro, lista, porque Carmen siempre fue la persona más inteligente de esa mansión y la única que nunca me falló.

Caminé hacia ellas.

Lorena me extendió los brazos en cuanto me acerqué y la levanté, hundiéndole la cara en su cuello por un segundo, llenándome los pulmones de ella, de ese olor que era lo único que necesitaba para saber que estaba haciendo lo correcto.

—¿Nos vamos? —me preguntó en voz bajita, con sus brazos apretados alrededor de mi cuello.

—Nos vamos —le confirmé.

Y caminé hacia la puerta principal.

No miré atrás. No necesité hacerlo. Detrás de mí quedaba el caos, los murmullos que ya se estaban convirtiendo en conversaciones que mañana serían titulares, Rebeca en el suelo, Enrique sin palabras, la pantalla todavía reproduciéndose porque nadie se había atrevido a apagarla.

El aire de la noche me golpeó la cara cuando crucé la puerta.

Carmen caminaba a mi lado en silencio.

Yo no tenía tiempo para voltearme a mirar el incendio que dejaba atrás.

Solo tenía tiempo para seguir caminando.

Y eso fue exactamente lo que hice.

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