TODO EMPEZÓ CON UN ACCIDENTE

No sabía qué hacer o qué decir, lo único que hice fue seguir mi corazón de madre.

—Tranquilos, mis amores. Ya estoy aquí. Todo estará bien —les susurré una y otra vez, meciéndolos suavemente—. Respira profundo, así… eso es. ¿Pueden hablar otro idioma para que los entienda mejor?

El más decidido levantó la cabeza y asintió rápido, secándose las lágrimas.

—Sí…—dijo con voz temblorosa pero clara.

Respiré aliviada. Sasha tomó aire y empezó a contar todo entre sollozos.

El hizo un enorme esfuerzo por controlar el llanto. Se secó la nariz con la manga rota del suéter, pero las lágrimas seguían cayendo sin descanso.

—Veníamos... con papá en el carro... —dijo entre hipidos, respirando con dificultad—. De repente... otro carro apareció muy rápido.

Se llevó las dos manos a la cabeza, como si todavía pudiera escuchar el estruendo.

—Todo sonó muy fuerte... los vidrios... el ruido... yo tenía mucho miedo.

Su voz terminó de romperse.

—Papá nos abrazó... nos sacó primero a nosotros... pero él ya no pudo levantarse.

Volvió a mirarme con los ojos completamente inundados.

—Por favor... no dejes que se muera. Él nos dijo que buscáramos a nuestra mamá... y nosotros te encontramos.

Aquellas últimas palabras me dejaron completamente inmóvil.

Nuestra mamá. ¿Por qué seguían llamándome así?

—¿Pueden llevarme donde está él? —pregunté, mirándolos a los ojos.

—Sí —respondió Sasha inmediatamente—. Está cerca, no tardamos mucho.

Me puse de pie sin soltar del todo sus manitas. Me giré hacia Carmen, que ya había tomado a Mila en brazos.

—Carmen, quédate con Mila. Cuida a Lorena y vuelve a marcar a emergencias, explica todo lo que esta pasando.

Carmen dudó, sus ojos llenos de preocupación.

—Abril, no te arriesgues así. No sabes si es seguro. Ese hombre… tú no lo conoces.

—No puedo ignorar esto —respondí firme, aunque por dentro temblaba—. Estos niños me necesitan. Siento que debo protegerlos. No me preguntes por qué, pero es más fuerte que yo.

Carmen apretó los labios, cerró los ojos un segundo, y asintió.

Tomé la mano de Sasha y salimos a la noche.

Caminamos varios minutos por las calles oscuras, con el niño guiándome a paso rápido, casi corriendo, jalándome cuando yo aminoraba. Mi corazón no paraba. Sentía algo raro en el pecho, una mezcla de miedo y de algo que no sabía nombrar, un impulso salvaje que iba mucho más allá de la simple compasión y que me quemaba por dentro.

—Ahí está el carro de papi —dijo Sasha de pronto, señalando con el brazo extendido.

Un vehículo negro estaba estrellado contra un poste a mitad de la cuadra, con el capó doblado y una de las puertas traseras abierta de par en par. Corrí.

El hombre estaba recostado contra la llanta delantera, medio caído, con el cuerpo cediendo pero sin soltarse del todo. Era imponente incluso así, derribado, cubierto de sangre y exudando un peligro destructivo. Cuando me acerque no podía creerlo.

—¡Nikolái! —grite. Me arrodillé a su lado, pegando mi cuerpo al suyo sin pensarlo—. Resiste  —le dije, poniéndole dos dedos en el cuello, sintiendo su pulso acelerado. Tus hijos lo necesitan.

Sasha se lanzó sobre su padre en ese momento, abrazándole el brazo con cuidado instintivo, llorando con una desesperación que me partió el alma.

—Papá, por favor, despierta. Mami ya esta está aquí con nosotros. La encontramos, como tú nos dijiste.

Nikolái, abrió los ojos por completo. Le costó, pero cuando su mirada recorrió mi rostro, algo violento y posesivo cambió en su expresión, era obvio que me reconocía

Me tomó de la mano, pero no fue un gesto de auxilio común. Fue un agarre desesperado, de alguien que se aferra a lo único que tiene, con una fuerza que no debería haber podido reunir en ese estado y que sin embargo me sostuvo con una firmeza que me dejó sin respiración.

—No me dejes morir —dijo con una voz ronca que vibró directo en mi vientre—. Por favor. No me dejes, mujer.

Algo rompió dentro de mí, de una manera que no esperaba. Una punzada brutal de dolor y de urgencia por salvarlo me sacudió entera.

—No te voy  a dejar —respondí, pegando mi frente a la suya, sosteniéndole el cuerpo pesado mientras mi propia respiración se volvía errática—. ¿Me escucha?

Sus ojos no se apartaron de los míos. Tenía la respiración corta, irregular, pero mientras yo le sostenía la mirada, algo en su cuerpo se fue aflojando, como si mi presencia le dijera que podía soltar un poco el peso, encontrando un respiro en medio de su calvario.

Apreté sus manos. Esa era mi forma de decirle que no lo dejaría.

Sasha lloraba a su lado, pegado a su brazo.

Acaricié su cabello, intentando infundirle una calma que yo tampoco tenía, mientras el peso de su cuerpo herido se apoyaba más contra mí. Entonces volvió a hablar, con más cuidado.

—En mi bolsillo, derecho —dijo él de pronto, con un esfuerzo enorme—. Mi teléfono. Sácalo. Marca el número uno.

Lo busqué. Lo encontré. Marqué.

En menos de tres minutos, la calle se llenó de camionetas negras que llegaron desde dos direcciones distintas. Varios hombres bajaron al mismo tiempo, rodeándonos.

Uno de ellos se abrió paso, y en cuanto Sasha lo vio, se lanzó sobre él.

—¡Tío, Dimitry! —dijo entre sollozos.

—Campeón, que bueno que estás bien —dijo el hombre con un dejo de preocupación.

—¡Mamá, nos salvó! —exclamó el, señalándome.

Dimitry me miró de reojo. Pude notar que no confiaba en mí, pero vamos, tenía más opción.  Después de todo, yo era lo único que tenían.

—Gracias por salvar al señor Ivanoff —dijo con firmeza—. Ustedes, saquen a Nikolái de aquí —sentenció—. Y tú, es mejor que te vayas a tu casa.

 Intenté replicar, pero guarde silencio, entendía que no era el momento para más discusiones.

Los hombres obedecieron de inmediato, pero él no me soltó. Sus dedos se aferraron un segundo más a los míos, como si resistiera el desamparo. Y con la poca fuerza que le quedaba les dijo a sus hombres algo que entendí perfectamente aunque lo dijo en ruso.

—Cuiden a los gemelos.  Y a ella, no la dejen ir —ordenó.

Mientras las camionetas iban despareciendo en medio de la oscuridad.

Yo me quedé, con la mano todavía caliente de su agarre, y con mi   mente completamente perdida. Mi cuerpo no reaccionaba, por más que intentara hablar o correr.

 De regreso a casa, Sasha no me soltó la mano ni un segundo. Dimitry caminaba detrás de nosotros, callado, con esa seriedad que nunca se le caía de la cara.

Cuando llegamos, Mila no dudó en correr hacia su hermano y abrazarlo con fuerza. Luego se acercó a Dimitry, quien le limpió las lágrimas con una ternura que no esperaba de un hombre como él.

—Han sido muy valientes los dos, pero es hora de volver a la mansión —dijo con calma—. Su papá está en el hospital, pero ustedes saben que él nunca los defrauda. Pronto regresará.

—¡Yo no me quiero ir! ¡Quiero quedarme para siempre con mi mami! —suplicó Mila, aferrándose a mi cuello con una fuerza que no correspondía a su tamaño—. ¡No me dejes sola, por favor!

Algo se rompió adentro de mí. No sé cómo llamarlo. Solo sé que dolió.

—Tienen que volver con su papá, mis niños —les dije, con la voz apenas sosteniéndose—. Él los necesita. Ahora más que nunca.

Les di un beso a cada uno, despacio, como si quisiera que se les quedara guardado.

—Si algún día quieren regresar, aquí estaré. Esta siempre será su casa.

Asintieron con la cabeza baja, limpiándose las lágrimas, siguieron a Dimitry hacia la salida. Los vi alejarse sin voltear. Quedándome llena de preguntas.

¿Qué le había ocurrido a Nikolái, y porque envió sus hijos justo a la puerta de mi casa?

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