Mundo de ficçãoIniciar sessãoLos meses se arrastraron como cadenas oxidadas alrededor de mi cuello. Aquella noche en la fiesta, donde creí haber ganado algo de dignidad, se convirtió en humo.
Enrique no se quedó de brazos cruzados viendo cómo su reputación caía, sino que movió todas sus influencias para destruir lo poco que me quedaba. Contrató abogados despiadados y pagó notas periodísticas que me hicieron quedar ante el mundo entero como una loca resentida, cínica y sumamente interesada.
Logró voltear la historia con tanta maestría que pasé de ser la víctima engañada a una mujer malvada, capaz de intrigar de la peor manera solo por una millonaria herencia que, según él, jamás me correspondió.
Me vi de pronto completamente sola, desprotegida y sin nadie en el mundo que pudiera salir a defenderme de tantas calumnias espantosas. Solo tenía mis brazos vacíos, mi cuerpo curvy cansado de tanto rechazo y una pequeña hija que me necesitaba más fuerte que nunca en su vida.
Tomé la decisión de huir muy lejos de ese infierno y viajar a Chicago en compañía de mi amada nana Carmen. Ella me vio llorar en los rincones y me ofreció con el corazón en la mano que nos mudáramos juntas a la vieja casa donde se crio.
Desde que pisamos esta ciudad fría, mi rutina se convirtió en un ciclo repetitivo que amenaza con desgastarme el alma. Me levanto cada mañana con el cuerpo pesado y salgo a caminar por las calles grises buscando desesperadamente cualquier oferta de trabajo.
Para una mujer que jamás ejerció su carrera de arquitecta por complacer a un marido cruel, el mercado laboral resultó ser un monstruo hambriento. Dediqué mis mejores años a cuidar un hogar falso, y ahora este mundo dominado por hombres despiadados me ha devorado por completo sin piedad.
Rechazos, miradas de lástima, sonrisas falsas. “Demasiado gorda, para el ritmo de la oficina”, “tu imagen nunca será aceptada en este mundo” decían algunos. Otros ni siquiera me daban la oportunidad de hablar. Ahí entendí que el amor que alguna vez recibe sin importar mi apariencia solo vivirá en mis recuerdos.
Esa noche acosté a Lorena con el cuento de siempre, el de la princesa que cruzaba el bosque sola y encontraba su camino sin necesitar que nadie la rescatara. Lorena lo pedía todas las noches desde que llegamos, como si en ese cuento encontrara algo que yo todavía no terminaba de entender.
Cuando apagué la luz, ella no se durmió de inmediato.
—Mami —dijo, con esa voz bajita que usaba para las preguntas que le pesaban—. ¿Por qué papá fue tan malo con nosotras?
Me quedé quieta un segundo.
—¿Por qué prefirió a otra mujer antes que a ti? ¿Antes que a mí?
Respiré despacio. Tomé su mano entre las mías y la apreté con cuidado.
—Esas son cosas de adultos, mi amor —dije, con la voz más tranquila que pude encontrar—. Tú solo tienes que concentrarte en ser feliz. En darme muchos besitos y en dejarme quererte. ¿Puedes hacer eso?
Ella pensó un momento. Luego asintió y se pegó a mi pecho.
—Te amo, mami.
—Yo te amo más —le dije—. Infinito más infinito.
Esperé a que se durmiera antes de salir.
Bajé a la cocina en silencio, con la casa quieta y la oscuridad afuera tan densa que parecía tener peso. Puse agua a calentar sin ninguna intención real de tomar algo. Solo necesitaba hacer algo con las manos.
No funcionó.
Me derrumbé contra el mesón primero. Luego resbalé hasta el suelo, con la espalda apoyada en los gabinetes de madera y las rodillas contra el pecho, y empecé a llorar de una manera que llevaba semanas conteniendo. No fue llanto silencioso. Fue el llanto feo, el que duele en las costillas, el que sale del fondo del estómago y no pide permiso. Me golpeé el pecho con el puño, una vez, dos veces, como intentando sacar algo que no tenía nombre pero que estaba ahí desde hace meses aplastándome.
Me arrodillé. Le di puños al suelo.
—¿Por qué? —pregunté en voz alta, sin importarme nada—. ¿En qué momento todo se volvió en mi contra? ¿Qué hice tan mal?
Lloré hasta que las palabras dejaron de tener forma. Hasta que solo quedó el sonido puro de alguien que está completamente agotada de ser fuerte.
—Por favor —susurré—. Por favor, que esta pesadilla termine pronto.
Carmen apareció en la puerta de la cocina con la bata azul de siempre y los ojos todavía adormilados, pero las manos ya extendidas hacia mí.
—Llora —me dijo, sentándose en el suelo a mi lado sin dudarlo un segundo—. Llora todo lo que necesites. Pero no te dejes tirar al suelo, Abril. No más.
Me aferré a ella como me aferré cuando tenía nueve años y perdí a mis padres. Como si el cuerpo recordara que Carmen siempre fue el lugar más seguro del mundo. Su calor me fue calmando despacio, como un té que entra y va bajando por todo el cuerpo hasta las manos.
Fui calmándome de a poco.
Entonces lo oímos.
Golpes fuertes en la puerta principal. Y voces pequeñas, agudas, gritando algo que no entendía del todo al principio. Nos quedamos congeladas, mirándonos. Los golpes se volvieron más insistentes, casi desesperados.
—¿Qué es eso? —susurré, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano.
—No sé, pero suenan como niños —respondió Carmen, frunciendo el ceño.
Me levanté, todavía con las rodillas temblando, y caminé hacia la entrada. Los golpes no paraban. Abrí la puerta de golpe, preparada para cualquier cosa.
Dos niños pequeños, idénticos, de unos seis años, con cabello oscuro y ojos azules intensos se lanzaron sobre mí sin darme tiempo a reaccionar. Me abrazaron las piernas y la cintura, enterrando sus caritas contra mi cuerpo con fuerza. Fue cuando los sentí pegados a mí que lo noté.
Tenían la ropa desgarrada, los cachetes enrojecidos como si alguien los hubiera empujado contra algo duro, y uno de ellos, el que se había aferrado a mi cintura con las dos manos, sangraba. Una cortada abierta le cruzaba el antebrazo izquierdo, no profunda pero sí suficiente para haberle empapado la manga de rojo.
—¡Мама! —gritaron al mismo tiempo.
Entendí lo suficiente. Mi padre me había enseñado algo del idioma cuando era niña.
—Pequeños… ¿qué está pasando? —logré articular, arrodillándome para estar a su altura mientras los sostenía con manos temblorosas. Uno de ellos me tomó la cara con sus manitas frías.
—Мама, пожалуйста, помоги нам! Не оставляй нам одних! (—¡Mamá, por favor, ayúdanos! ¡No nos dejes solos!) —suplicó el más decidido, con una mezcla de miedo y alivio que me desarmó.
Carmen se acercó por detrás, boquiabierta.
—Abril… ¿quiénes son estos ángeles?
No pude responder de inmediato. Los gemelos seguían pegados a mí, llamándome mamá con esa urgencia que me derretía y aterrorizaba al mismo tiempo. Sentí sus latidos rápidos contra mi pecho, su confianza ciega.
La noche se volvió más densa.







