Capitulo 05

Alistair Ferrero

​Cruzar el umbral de esta habitación es firmar mi propia sentencia de muerte, y lo sé perfectamente. Habiendo acumulado el dinero, el estatus y la experiencia suficiente como para saber medir los riesgos de cada uno de mis actos, esto es una soberana locura.

He tenido a las mujeres que he querido personas refinadas, sofisticadas y con recorrido. He dominado el arte de la autodisciplina durante décadas. Sin embargo, lo que me está ocurriendo con esta chiquilla de dieciocho años escapa a toda lógica o control que haya tenido jamás. Es impresionante, casi humillante para mi orgullo, lo jodidamente deseoso que estoy de ella.

​Cuando cerré la puerta de mi despacho tras su partida, el aire en la planta baja se volvió irrespirable. Su aroma a frutas y a piel joven se quedó incrustado en mis pulmones, y las palabras que me soltó mirándome fijamente a los ojos —con una audacia impropia de su edad— se repitieron en mi cabeza como un eco tortuoso: «Realmente deseo estar en tu cama, Alistair. Pero cuando estés listo... te espero con muchas ansias en la mia».

​Intenté ser el hombre sensato que se supone que soy. Pero el maldito fuego ya estaba encendido en mi entrepierna. Es una erección dolorosa, monstruosa, que empuja la tela con una urgencia salvaje que no experimentaba desde mi juventud. Ella ha despertado un demonio latente en mí, un apetito primitivo que ninguna regla moral puede frenar.

​Por eso subí las escaleras. Impulsado por una necesidad que pisoteaba mis propios principios, caminé con paso firme hacia su ala de la mansión. Pero al acercarme a la madera de su puerta, me detuve en seco. Fue ahí donde los escuché.

​Unos gemidos ahogados, suaves y cargados de un placer clandestino, se filtraban por la rendija. Alessandra estaba suspirando, pronunciando sonidos que delataban lo que estaba haciéndose a solas. Escucharla disfrutar de esa manera, saber que mi sola presencia la había dejado en ese estado, terminó de romper el último hilo de mi cordura. La sangre me hirvió en las venas. Ya no hubo elegancia que valiera; abrí la puerta de forma brusca, azotándola contra la pared, dispuesto a tomar lo que por derecho de deseo me pertenecía.

​Y la escena que me recibió me voló la cabeza por completo.

​Alessandra está acostada boca arriba en medio de la inmensa cama de seda blanca. Está completamente desnuda. Su mano pequeña está posicionada justo entre sus piernas, con los dedos moviéndose sobre su intimidad. Al verme entrar, se sobresalta y trata de cubrirse con la sábana en un acto reflejo de vergüenza, pero ya es tarde. Ya la vi. He visto esa piel blanca, casi translúcida, que contrasta de una forma tan jodidamente hermosa con su cabello oscuro esparcido sobre las almohadas. He visto sus pezones erectos, dos botones rosados que apuntan al techo, y, sobre todo, he visto la intensa humedad que brilla entre sus muslos. Su vagina está completamente empapada, segregando un flujo brillante que delata que estaba pensando en mí mientras se tocaba.

​Cierro la puerta detrás de mí con un golpe seco, pasándole el cerrojo sin apartar los ojos de ella. Mis pupilas están totalmente dilatadas, devorándola. Sé perfectamente cuándo una mujer se entrega y cuándo juega, y el brillo en los ojos azules de Alessandra me confirma que ella me desea con la misma intensidad desquiciada. Me deshago del pantalón deportivo de un solo movimiento, dejándolo caer al suelo, quedando completamente desnudo frente a ella.

Mi erección se alza libre, rígida y venosa, apuntando directamente hacia su cuerpo.

Observo cómo su mirada desciende por mi torso, recorriendo los tatuajes oscuros que cubren mis brazos y mi pecho, deteniéndose en la magnitud de mi miembro con una mezcla de timidez y fascinación.

​Me subo a la cama, colocándome entre sus piernas desnudas. El calor que emana de su juventud me golpea el rostro. Me inclino y la beso. Sello mis labios contra los suyos con una desesperación brutal, una sed que mi madurez no puede contener. La beso con pasión, metiendo mi lengua con fuerza en su boca, reclamándola. Sé en el fondo de mi alma que esto es una monstruosidad. Es la hija de mi esposa. Es el deseo prohibido que destruirá la paz de esta casa. Pero la deseo tanto que el mundo exterior, Juliette, el respeto y las malditas reglas de la sociedad me importan un carajo.

​Alessandra gime contra mi boca, enredando sus manos pequeñas en mi cabello oscuro, aferrándome hacia ella. Bajo mis besos por su barbilla, siguiendo la línea de su cuello espeso, deteniéndome en sus clavículas y luego en sus pechos. Tomo uno de sus pezones duros entre mis labios, succionándolo con fuerza mientras ella arquea la espalda y suelta un grito ahogado.

​Pero un hombre con mi recorrido sabe que el acto no es solo penetrar; quiero probarla por completo, marcar mi territorio en cada rincón de su anatomía. Desciendo por su vientre liso, separando sus muslos blancos con mis manos grandes. Alessandra tiembla, intentando cerrar las piernas ante la timidez que la invade al verse tan expuesta ante alguien mayor, pero la obligo a abrirse para mí. Me encuentro de frente con su intimidad sonrosada, brillante por la humedad.

Me inclino y coloco mi lengua directamente sobre su clítoris.

​Un gemido agudo y desgarrador escapa de sus labios. Alessandra entierra las uñas en las sábanas de seda mientras yo lamo su clítoris con devoción, atrapando su pequeño botón entre mis labios y succionándolo con un ritmo experto. Me fascina cómo se siente esa humedad en ella, la textura suave y ardiente de su piel. Me encanta su sabor, un elixir dulce y fresco que me vuelve completamente loco, incitándome a lamerla con más fuerza, hundiéndome en su hendidura húmeda hasta que ella empieza a temblar descontroladamente. Sus gemidos son música para mis oídos.

​No puedo aguantar más. El dolor en mi entrepierna es insoportable. Necesito poseerla.

​Me incorporo, colocándome nuevamente entre sus piernas. Tomo mi erección con una mano y apunto la punta directamente hacia su entrada húmeda. Ella me mira desde abajo, con las mejillas encendidas y los labios hinchados, respirando con dificultad. No hay espacio para la delicez; el demonio que llevo dentro exige satisfacción inmediata. Me empujo hacia adelante, buscando hundirme en ella de un solo golpe.

​La penetro con mucha brusquedad.

​Pero a mitad del camino, choco contra una barrera sólida, un tejido estrecho que frena mi avance de golpe. Alessandra suelta un grito que no es de placer, sino de puro dolor, un alarido desgarrador que corta el aire. Sus ojos se llenan de lágrimas instantáneas y sus manos se clavan en mis hombros, empujándome débilmente hacia atrás.

​Me quedo completamente congelado en el sitio, a mitad de su cuerpo. Siento cómo su musculatura está jodidamente estrecha, apretándome con una fuerza sobrenatural, y al mirar hacia abajo, noto el hilo de sangre que empieza a manchar la blancura de las sábanas de seda.

​Se me corta la respiración. Me doy cuenta de la verdad absoluta ella era virgen. Le acabo de quitar la virginidad a la hija de mi esposa.

​Ese descubrimiento me golpea con la fuerza de un impacto limpio, provocando un cortecuito en mi mente. Aquello me aterra por las implicaciones, por la línea de no retorno que he cruzado al ser el primer hombre en reclamar este cuerpo. Pero al mismo tiempo... me obsesiona de una manera enfermiza. La idea de la pureza absoluta me despierta un instinto de posesión brutal. Saber que soy el único, que su carne me pertenece solo a mí, enciende una chispa de dominación en mi pecho. Siento unas ganas desmedidas de poseerla una y otra vez, de marcarla para siempre.

​Me detengo por un segundo, conteniendo mis propios impulsos de seguir empujando. Me apoyo sobre mis antebrazos, usando mi experiencia para controlar el ritmo, y le acaricio el rostro húmedo por las lágrimas, apartándole los mechones de cabello oscuro de la frente.

​—Respira, piccola. Respira —le susurro con mi acento espeso, obligándome a usar un tono de calma—. Deja que el dolor pase. Con calma.

​Alessandra esconde la cara en mi cuello, sollozando suavemente, asimilando la invasión de mi cuerpo dentro del suyo. Siento cómo su interior late alrededor de mi miembro, adaptándose a mi tamaño, envolviéndome en una calidez tan estrecha que amenaza con hacerme perder los estribos. Espero unos momentos, sintiendo cómo sus músculos se relajan poco a poco y sus sollozos se transforman en respiraciones más profundas y pesadas. Ella me mira de nuevo, y en el fondo de sus ojos azules ya no hay dolor, sino un hambre renovada. Ella asiente levemente, entregándose por completo al hombre que la tiene sometida.

​Entonces, comienzo a moverme.

​Empiezo a embestirla fuerte y rápido, perdiendo de nuevo toda la cordura y la elegancia que tanto me costó construir. La obsesión me domina; ya no me importa ser cuidadoso, quiero tenerla, quiero destrozar cualquier rastro de la niña tímida que vino de Rusia y fundirme con ella en este acto pecaminoso. Mis embestidas son profundas, rítmicas, haciendo que la gran cama de madera cruja con violencia ante el impacto de nuestros cuerpos.

​Alessandra empieza a gemir de nuevo, pero esta vez sus gemidos son roncos, cargados de una lujuria salvaje que responde perfectamente a mi experiencia. Me abraza con las piernas alrededor de la cintura, atrapándome en su centro, obligándome a ir más y más profundo. Cada vez que me hundo en ella, la estrechez de su cuerpo me arranca gruñidos primitivos. La forma en que nos miramos mientras lo hacemos es pura electricidad; es la entrega total al pecado.

​Esto es algo que me sorprende a mí mismo a niveles alarmantes. Jamás en mi vida había sentido un deseo tan destructivo y absorbente por alguien. He tenido pasiones, he tenido amantes de primer nivel, pero nunca esta necesidad de devorar a una mujer hasta desgarrar mi propia alma. Es el simple hecho de saber que ella es mi fruta prohibida, el secreto más oscuro que guardaré de mi esposa, la chiquilla de dieciocho años que me ha robado el control.

​Sigo embestiéndola con rabia, buscando el clímax que nos está esperando a ambos en la cúspide de este incendio, sabiendo que a partir de hoy, Alistair Ferrero ya no le pertenece a nadie más que a la criatura de ojos azules que gime bajo mi cuerpo.

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