Alistair Ferrero
El silencio que cae sobre la habitación tras el estallido de nuestro encuentro es espeso, casi asfixiante. Me quedo inmóvil, apoyado sobre mis antebrazos, mirando fijamente el rostro de la chiquilla que tengo debajo. Sus ojos azules están fijos en los míos, brillando con una intensidad desafiante; no hay arrepentimiento en ella, no hay miedo, solo una satisfacción silenciosa que me hiela la sangre. Me incorporo despacio, sintiendo el pulso retumbar con violencia en mis sienes