Capitulo 02

Alessandra Dumont

​—Ven, querida. Ha sido un viaje larguísimo y ya es bastante tarde. Déjame acompañarte a tu habitación —la voz de Juliette resuena en el gran vestíbulo, impregnada de esa elegancia artificial que parece ensayada frente a un espejo.

​Asiento en silencio, manteniendo mi postura rígida mientras comenzamos a subir las enormes escaleras de mármol pulido. Mis tacones resuenan en el silencio de la casa, pero mis ojos, de manera inevitable, buscan una última vez la figura de Alistair en la planta baja. Ya no está en el umbral. Se ha desvanecido hacia los pasillos oscuros de la propiedad, dejándome con el pecho agitado y la intriga quemándome por dentro.

​Juliette camina a mi lado, subiendo con una gracia impecable, y de repente pasa una de sus manos por mi espalda.​—No te imaginas la alegría tan inmensa que me da tenerte de nuevo en casa, Alessandra —dice, y su tono busca sonar maternal, aunque a mí me produce un escalofrío de rechazo—. Han sido tantos años... Pero ya estás aquí. Hay tanto que tengo que enseñarte, tantas cosas que vamos a hacer juntas. Quiero introducirte formalmente ante la sociedad. De hecho, ya tengo una fiesta programada para que todos te conozcan. Una presentación por todo lo alto, como te lo mereces.

​La escucho y aprieto los dientes para no soltar una carcajada amarga. ¿Una fiesta? ¿Ahora que soy una mujer le urge colgarse la medalla de la madre perfecta ante sus amistades adineradas? Qué hipocresía.​—Y sobre Alistair... —continúa ella, con una sonrisa de orgullo legítimo iluminándole el rostro mientras alcanzamos el segundo piso—. Quizás es difícil para ti entender que rehice mi vida pero hija, el es un hombre maravilloso, de verdad. Él se encarga de proveer absolutamente todo en este lugar. No nos falta nada gracias a él. Es el pilar de esta casa.

​«El pilar de tu casa», repito en mi mente. La pieza central de su precioso y perfecto rompecabezas.

​—Qué bueno —respondo en un susurro, midiendo la distancia de mis palabras para que mi marcado acento ruso no suene tan tosco frente a su perfecta dicción—. Gracias... por traerme de vuelta.

​Llegamos frente a una doble puerta de madera blanca. Juliette la abre y me dedica una última mirada afectuosa antes de dar un paso atrás.

​—No te preocupes por nada más hoy, mi vida. Desansa. Sé que estás agotada. Mañana hablaremos bien de todo, con calma. Que pases buena noche.

​—Buenas noches —digo.

​Ella se da la vuelta y se aleja por el pasillo. En cuanto avanza unos metros, entro a la habitación y cierro la puerta detrás de mí, dejando salir un largo suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Me apoyo contra la madera, cerrando los ojos por un instante. Dios, la tensión en este lugar se puede cortar con un cuchillo.

​Cuando finalmente abro los ojos para examinar dónde voy a dormir, me quedo sin aliento. Es una habitación enorme, abrumadoramente grande. Todo el diseño está dominado por un color blanco impecable, desde las paredes texturizadas hasta las pesadas cortinas que caen hasta el suelo. En el centro, reina una cama monumental, vestida con sábanas de seda y edredones tan acolchados que parecen una nube. Todo es sumamente bonito, lujoso, sacado de una revista de decoración de alta gama. Es el tipo de habitación que le darías a una princesa, o a una prisionera de lujo.

¿Cuál de las dos soy ahora?

​Camino hacia mis maletas, que el chofer ya ha dejado junto a un imponente vestidor. Con manos lentas y automáticas, comienzo a sacar mi ropa y a colgarla en el clóset. Ver mis prendas sencillas, la mayoría abrigos gruesos y suéteres oscuros diseñados para soportar el clima de San Petersburgo, colgadas en este armario tan pulcro y moderno, me hace sentir una punzada de nostalgia. Me siento extraña.

Muy extraña. Es una sensación rarísima volver a un país en el que solo estuve durante los primeros cuatro años de mi vida. Dejar Rusia... dejar ese frío inmenso que se te mete en los huesos y la nieve constante que cubría las calles de San Petersburgo meses enteros. Aquí el clima es denso, la noche es cálida y el ambiente me resulta ajeno.

​Sintiéndome pegajosa y exhausta por las horas de vuelo, decido tomar una ducha. Me desvisto y me meto bajo el agua caliente, dejando que el vapor llene el baño de mármol. Apoyo la cabeza contra los azulejos mientras el agua corre por mi cabello y mi cuerpo. Estoy bastante agotada, físicamente destruida, pero mi mente se niega a apagarse. Trabaja a mil revoluciones por segundo.

​¿Qué voy a hacer ahora? ¿Cómo empiezo a cobrarle a Juliette cada año de soledad?

​Mientras me enjabono, la imagen de Alistair Ferrero vuelve a mi mente de forma vívida. Su estatura imponente, sus ojos marrones devorándome, los tatuajes que se asomaban por su camisa de lino y ese acento italiano tan espeso que me aceleró el pulso. Ese hombre es sumamente atractivo. Demasiado. Y lo más importante es el esposo de mi madre. El hombre que se encarga de proveer todo, el pilar de su vida perfecta.

​Una sonrisa lenta y maliciosa se dibuja en mis labios bajo el chorro de agua. Si Alistair es el punto débil de Juliette, entonces él es mi boleto de entrada. Si logro meterme bajo su piel, si logro que me mire como no debería mirar a la hija de su esposa, voy a destrozar la perfecta rutina de Juliette. Puedo usarlo para molestarla, para crear un conflicto tan destructivo que no sepa cómo manejarlo. Sí. Él va a ser mi arma.

​Salgo de la ducha y me seco rápidamente.

Busco entre mis cosas algo para dormir y saco una pijama de seda negra. Es una pijama muy cortita; los pantalones apenas me cubren los muslos y la camiseta de tirantes se ciñe a mis curvas, dejando al descubierto mucha de mi piel blanca. Me miro al espejo, suelto mi cabello oscuro para que caiga húmedo y rebelde sobre mis hombros.

Tengo sed.

​Salgo del cuarto con cautela.

El pasillo está en penumbras, iluminado solo por unas luces tenues empotradas en el suelo. Comienzo a bajar las escaleras descalza, sin hacer el menor ruido. No tengo idea de dónde está la cocina; esta casa es un maldito laberinto de hormigón y cristal. Camino por los pasillos de la planta baja, guiándome por el instinto, hasta que finalmente diviso una enorme área con encimeras de granito oscuro y electrodomésticos de acero inoxidable.

​La cocina está completamente sola. Miro el reloj digital del horno: son las ocho de la noche. Me parece extraño que un lugar tan inmenso esté desierto a esta hora, pero supongo que por ser una zona residencial privada y tratándose de ellos, posiblemente no haya empleados trabajando hasta tan tarde.

​El estómago me ruge. Tengo algo de apetito por el viaje, pero sobre todo, tengo mucha sed. El aire de los aviones me ha dejado la garganta seca. Me acerco a la nevera de doble puerta y la abro. La luz interior me ilumina por completo. Encuentro una bandeja de frutas frescas cortadas, saco una jarra de agua y también una botella de jugo. Me sirvo un vaso de agua y me lo tomo de un solo trago, sintiendo el alivio correr por mi garganta. Luego, tomo una fresa con los dedos y me la llevo a la boca.

​De repente, un crujido resuena a mis espaldas. Unos pasos firmes y pausados se aproximan.

​El pánico me atenaza por un segundo. Me escondo un poco detrás de la gran isla de granito, conteniendo la respiración. Me asomo con cuidado, apenas unos centímetros, para ver quién es.

​Es él. Alistair.

​Me quedo paralizada, sorprendida de verlo así. Ya no lleva la camisa de lino de la tarde; ahora viste una camiseta negra ajustada de manga corta que enmarca a la perfección sus hombros anchos y sus brazos bicepales, repletos de tatuajes oscuros que se pierden bajo la tela.

Lleva unos pantalones deportivos grises y camina con una soltura pesada, imponente.

​Él se detiene al notar la luz de la nevera y me descubre de inmediato. Sus ojos marrones se clavan en mí, y veo cómo su mirada baja de golpe por mi cuello, deteniéndose en lo corta que es mi pijama y en mis piernas descubiertas. Su mandíbula se tensa al instante.

​—Pensé que estabas dormida —dice. Su voz es un retumbo grave en la cocina vacía, y ese acento italiano me golpea directo en el vientre.

​—No podía... dormir —respondo. Me detengo un poco, forzando a mi mente a encontrar las palabras en este idioma que se me hace tan rígido, arrastrando deliberadamente la erre—. Tenía... sed. Y algo de hambre.

​Él da un paso hacia la isla de la cocina. Su sola presencia llena el espacio, haciéndome sentir extremadamente bajita con mi metro sesenta.

​—Si tienes hambre, puedo ayudarte a hacer algo —ofrece, observando la bandeja de frutas que tengo en la mano. Su tono es serio, pero sus ojos oscuros no dejan de recorrer mi rostro húmedo.

​—No, gracias —le digo, sosteniendo su mirada con una fijeza que sé que lo está incomodando—. Solamente voy a comer algo de fruta... y luego me voy a acostar.

​El silencio se instala entre nosotros, espeso, pesado, cargado de esa misma corriente eléctrica de la tarde. Doy un rodeo lento a la isla, acercándome un poco más a él, con la bandeja de frutas entre mis manos.

​—¿Eres italiano? —Pregunto arrastrando las palabras con lentitud, dejando que el sonido del ruso matice mi inglés.

​—Sí —asiente él, cruzándose de brazos, lo que hace que sus músculos se marquen aún más—. Nací en Florencia. Vine aquí a los doce años. Noto que... te cuesta un poco el idioma. ¿Necesitas ayuda con el inglés?

​Una chispa de audacia me enciende la sangre. Esta es mi oportunidad.

​—Sí... —respondo, dando un paso más hacia él. Mi voz baja a un susurro casi confidencial—. Me encantaría que... me ayudaras a hablar un poco mejor. Me cuesta un poco... recordar ciertas palabras. O pronunciarlas bien.

​—¿En Rusia no hablabas inglés? —pregunta, y noto cómo su respiración se vuelve un poco más pesada mientras me mira.

​—La verdad es que... maneja... manejo muchísimo mejor el ruso —confieso, acortando la distancia que nos separa hasta quedar a menos de un metro de su cuerpo—. Es el idioma que hablo... desde que tengo cinco años. Prácticamente pienso en ruso. El inglés se siente... ajeno, a penas y tuve tiempo de aprenderlo cuando me fui y allá solo los primeros años me hablaron en inglés también.

​Es el momento. Decido poner en práctica mi plan, dar el primer paso aquí y ahora. Un nudo de nervios violentos me aprieta el estómago.

Siento un miedo real en el pecho una parte de mí está convencida de que me va a rechazar, de que me va a apartar con brusquedad por ser la hija de su esposa, de que me va a gritar que regrese a mi habitación. Sé que estoy jugando con fuego y que puedo quemarme antes de empezar.

​Pero no me detengo.

​Dejo la bandeja de fruta sobre el granito, doy el último paso y me coloco justo frente a él. La diferencia de estatura es ridícula; mi cabeza apenas llega a la altura de su pecho tatuado. Levanto la mirada, dejando que mis ojos azules se claven en los suyos con una intensidad descarada. Con una lentitud calculada, estiro mi mano y apoyo mis dedos fríos directamente sobre su antebrazo expuesto, justo encima de uno de sus tatuajes. Su piel está ardiendo en comparación con la mía.

​Me quedo sin aliento, esperando el empujón, el rechazo.

​Para mi absoluta sorpresa, Alistair no se aleja. No da un paso atrás.

​Se queda completamente petrificado, como si mi tacto lo hubiera congelado en el sitio. Sus ojos marrones se abren con una mezcla de sorpresa y fijeza salvaje. Noto cómo el músculo de su brazo se tensa bajo mis dedos, volviéndose duro como la piedra, y un suspiro rudo se le escapa de los labios. No me aparta.

Su mirada desciende lentamente desde mis ojos hasta mi boca, y luego baja hacia el escote de mi pijama, atrapado por la cercanía de mi cuerpo húmedo y el aroma a jabón que desprendo.

​Una oleada de triunfo y adrenalina pura me recorre las venas al ver que se queda ahí, conteniendo el aliento conmigo, incapaz de romper el contacto. El pilar de Juliette está flaqueando ante una desconocida.​—Entonces... —susurro, acariciando sutilmente su piel con la yema de mis dedos, obligándolo a sentir cada letra que pronuncio—. ¿Vas a ser... mi maestro, Alistair?

​Él traga saliva visiblemente, y por primera vez, veo una grieta en su imponente armadura. El juego prohibido acaba de dar su primer paso perfecto.

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