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Alessandra Dumont
El zumbido del motor del avión todavía me retumba en los oídos, mezclándose con el murmullo incesante de cientos de personas que caminan apresuradas por los pasillos del aeropuerto. Mis dedos se aprietan con fuerza alrededor del asa de mi maleta de mano. Siento las palmas húmedas. Este aire denso y acondicionado del aeropuerto me resulta extrañamente ajeno, casi hostil. Camino con la mirada fija en el suelo pulido, intentando asimilar que el suelo que piso es el mismo del que me arrancaron cuando apenas era una niña de cinco años. Catorce años de destierro. Catorce años lejos. —Pasaporte, por favor —la voz monótona del oficial de migración me saca de mis pensamientos de golpe. Levanto la mirada. El hombre me observa detrás del cristal con una expresión de aburrimiento que cambia sutilmente en cuanto me recorre el rostro. No sé qué es lo que ve, pero se aclara la garganta antes de estirar la mano esperando mi documento. Mis nervios se disparan. —Tome —la palabra se me escapa de los labios de forma automática, en un ruso fluido, rápido y natural, sin que pueda detenerla mientras le tiendo el pasaporte. El oficial parpadea, completamente desconcertado, arrugando las cejas al no entender una sola palabra de lo que acabo de decir. Siento un calor repentino subir por mi cuello y muerdo mi labio inferior, dándome cuenta de mi propio error. Llevo tanto tiempo sumergida en esa lengua extranjera que mi cerebro ha olvidado cómo reaccionar con naturalidad en mi propio país. Prácticamente me considero una rusa más; viví mucho más tiempo en Rusia de lo que alcancé a vivir en los Estados Unidos. Es jodidamente extraño dejar atrás ese país, despedirme de ese frío inmenso y de la nieve constante a la que ya estaba acostumbrada, para volver a este lugar. Me siento completamente fuera de lugar.—Lo... lo siento —balbuceo. Las palabras en mi propio idioma se sienten pesadas en mi boca, rígidas. Me detengo un poco para poder pronunciar bien, consciente de que arrastro demasiado la letra erre por la costumbre del ruso—. Yo... quise decir aquí tiene. Vengo de Rusia. El oficial revisa el documento, pasa las páginas llenas de sellos. —Bueno, parece que le va a costar un poco adaptarse al idioma nuevamente, señorita Dumont —comenta el hombre con un tono amable, devolviéndome el pasaporte con un sello fresco—. Pero aun así, bienvenida de vuelta a casa. —Gracias —respondo en un susurro, apresurándome a tomar el documento. Se supone que esta es mi lengua materna, el idioma en el que mi padre me cantaba antes de morir, pero pasar más de una década de no usarlo con regularidad con otras personas ha dejado mi habla oxidada, lenta. Siento una punzada de humillación que rápidamente se transforma en una oleada de ira. Esta torpeza, esta desconexión con mi propia patria, es culpa de una sola persona. Juliette Belrose. Camino hacia la zona de llegadas con la mandíbula tensa. Entre la multitud de rostros desconocidos y carteles con nombres impresos, mis ojos buscan el mío. No espero verla a ella, por supuesto que no. Finalmente, diviso a un hombre maduro, vestido con un traje impecable y sobrio, sosteniendo un cartel pulcro que dicta mi apellido Dumont. Me acerco a él. El hombre, al notar mi estatura baja de un metro sesenta, parece dudar por un milisegundo, pero en cuanto sus ojos detallan mis facciones y las curvas pronunciadas que mi ropa no logra esconder, asiente con respeto reverencial. —¿Señorita Alessandra? —pregunta, inclinando levemente la cabeza. —Sí —respondo, forzando una rigidez en mi postura—. Soy yo. —Por aquí, por favor. Permítame su equipaje. Lo sigo en silencio a través del estacionamiento hasta un auto negro de gama alta, con los cristales completamente tintados. El lujo es evidente, un lujo que apesta al dinero de mi madre. Me deslizo en el asiento trasero de cuero y el olor a limpio y a opulencia me inunda las fosas nasales. El chofer arranca el motor y el vehículo se incorpora a la autopista, alejándose del aeropuerto. Miro a través de la ventana. El paisaje de las autopistas americanas se despliega ante mí, pero yo no veo los edificios ni los árboles. Lo único que veo en el reflejo del cristal es el fuego de mi propio resentimiento. Estoy furiosa. Una furia ciega, fría y punzante me recorre las venas con cada kilómetro que nos acerca a mi destino. ¿Como sera ella después de tantos años de no verla? ¿Cómo debo actuar yo? Juliette cree que puede comprar su tranquilidad con las mensualidades que enviaba. Cree que mandarme un auto lujoso y dinero puntual borra el hecho de que me abandonó cuando mi padre murió, deshiciéndose de mí como si fuera un mueble viejo del que necesitaba desprenderse para comenzar su nueva vida. Me dejó sola y ahora, simplemente, le dio la gana de mandarme a traer a Estados Unidos de nuevo, estaba a meses de al fin ser libre deo internado. «Vas a pagar por todo este tiempo, Juliette», pienso, y mis uñas se clavan en las palmas de mis manos con tanta fuerza que me duele. He venido a destruir su paz. Voy a hacerle la vida imposible. Voy a ser la peor pesadilla que haya cruzado su puerta. Voy a perturbar su preciosa y perfecta rutina de tal manera que esta vez sea ella la que se arrodille, la que llore, la que ruegue porque me detenga. El auto abandona la autopista y se adentra en una zona residencial privada. Grandes portones de hierro, cámaras de seguridad y jardines de un verde irreal que parecen sacados de una pintura. El vehículo avanza por un sendero perfectamente pavimentado hasta que se detiene frente a una estructura que me corta la respiración por un segundo. Es una mansión gigantesca. Una jodida obra de arte de la arquitectura moderna. Líneas limpias de hormigón pulido, inmensos paneles de cristal que reflejan la luz del sol de la tarde y detalles de madera oscura que le dan un aire imponente y sofisticado. Es un lugar precioso, abrumadoramente lujoso. Una tremenda duda me golpea el pecho. ¿De dónde demonios sacó mi madre tanto dinero para tener una propiedad como esta? Me quedo impactada, observando la inmensidad del lugar. Sé perfectamente que mi padre era un hombre de clase media; el dinero que nos dejó al morir jamás habría alcanzado para costear semejante palacio. Ni en un millón de años ni mucho menos durante tantos años. El chofer apaga el motor, baja del auto y me abre la portezuela. Respiro hondo, tragándome el nudo de nervios y confusión que amenaza con cerrarme la garganta, y bajo del vehículo. Mis tacones resuenan contra el suelo de mármol exterior. Alisando las arrugas invisibles de mi vestido crema, elevo la barbilla. Es hora. Antes de que el conductor pueda avanzar con mis maletas hacia la entrada, la enorme puerta principal de madera noble se abre de par en par. Y el mundo se detiene. Mis ojos se clavan en la figura que acaba de salir al umbral, y el aire se me congela en los pulmones. No es Juliette. No es una mujer. Es un hombre. Un hombre sumamente atractivo, de una estampa tan imponente que me obliga a dar un paso atrás por puro instinto de supervivencia. Es alto, extremadamente alto, con un cuerpo robusto y atlético que se adivina fácilmente bajo una camisa de lino blanco con los primeros botones desabrochados. Su piel tiene un tono trigueño y cálido, y su cabello marrón está sutilmente desordenado, dándole un aire desenfadado pero peligrosamente elegante. Tiene unos ojos marrones, profundos y oscuros, que en este preciso instante se clavan en mí con una fijeza que me quema. Siento un vuelco violento en el estómago. A través de la tela ligera de su camisa, distingo los trazos oscuros de un tatuaje grande que cubre su pecho, y en su antebrazo derecho, otro diseño se debuja de forma casi imperceptible. Huele a madera, a tabaco caro y a una masculinidad madura que jamás en mi vida he tenido cerca. El hombre se queda petrificado en la entrada. Su mirada baja por mi rostro, se detiene en mis labios y luego recorre la línea de mi cuerpo con una lentitud que me hace erizar la piel. Veo cómo sus ojos marrones se abren un poco más. La mandíbula se le tensa y sus hombros se ponen rígidos. Una corriente eléctrica, pesada y cargada de una atracción animal, estalla en el aire entre nosotros. Es un magnetismo violento, un deseo instantáneo que me golpea directo en el vientre y me hace temblar las piernas. Él da un paso hacia abajo, saliendo a la escalinata. Su presencia me envuelve por completo. Cuando habla, su voz es una vibración gruesa y profunda que arrastra un marcado, espeso y seductor acento italiano. —Bienvenida... —dice, deteniéndose un segundo mientras me escanea—. Tú debes ser Alessandra. Yo soy Alistair. Alistair Ferrero. El sonido de mi nombre en su voz me provoca un escalofrío que me recorre la columna. Estoy completamente impactada. Al verlo allí, asumo de inmediato que este hombre trabaja para mi madre en la casa, tal vez algún empleado encargado de la seguridad o del mantenimiento de este gran lugar. Pero la forma en que me devora con los ojos me hace dar cuenta del impacto que mi propia belleza causa en él. Una chispa de audacia se enciende en mi pecho. El miedo desaparece, reemplazado por una adrenalina adictiva. —Mucho gusto, Alistair —respondo. Me detengo un poco, midiendo mis palabras con extremo cuidado en este idioma que me cuesta fluir y arrastrando esa marcada erre norteña que delata mis años en Rusia, pero dejando que mis ojos azules sostengan el peso de los suyos—. Un placer... conocerte. —¡Alessa! Al fin llegas, qué maravilla. La voz melodiosa y ensayada de mi madre rompe el silencio del jardín de golpe. Alistair se tensa de inmediato y da un paso atrás, apartando la mirada con rapidez. Juliette Belrose aparece en la puerta. Se ve tan alta, esbelta y elegante como siempre. Su cabello negro está impecable, y sus ojos marrones me observan con una frialdad ejecutiva disfrazada de afecto maternal. Lleva un vestido de diseñador que resalta su estatus. Se acerca a mí con los brazos abiertos.—Mírate, estás enorme —dice, envolviéndome en un abrazo largo y apretado. Es un abrazo que se siente extrañamente ensayado, una calidez falsa que huele a su costoso perfume. Sin embargo, decido corresponder el gesto, hundiéndome en sus brazos mientras mantengo la mirada fija sobre su hombro. Sé que tengo que fingir si quiero quedarme aquí. Cuando nos separamos, ella se coloca al lado de Alistair y pasa una de sus manos delgadas por el brazo musculoso del hombre, en un gesto de absoluta propiedad. Juliette sonríe, una sonrisa llena de orgullo y suficiencia, antes de mirarme a los ojos.—Alessandra, quería que fuera una sorpresa, ya que hace tanto que no hablamos en persona... Alistair es mi esposo. Nos casamos hace diez años. Hemos formado una familia hermosa aquí, y ahora te vamos a recibir con todo el amor y los brazos abiertos. La revelación me golpea el rostro como un balde de agua helada. Mi mente se queda en blanco por un segundo antes de que todas las piezas del rompecabezas encajen con una claridad brutal y dolorosa en mi cabeza. Mi madre se casó. Formó una familia perfecta con este hombre, musculoso y millonario, justo dos años después de mandarme lejos. No me envió al extranjero para recibir una educación exclusiva. Me envió lejos para limpiarse las manos de su pasado. Me desechó para que este hombre, su flamante esposo, no tuviera que cargar con el peso de una hija que no era suya. Fui el precio que pagó para quedarse con él y con toda esta fortuna. Esa es la razón de mi abandono. Miro a Juliette, y luego desvío lentamente mis ojos hacia Alistair. Él nos observa a las dos en silencio. Veo cómo sus ojos marrones vuelven a posarse en mí de manera insistente, bajando de nuevo hacia mi cintura, mientras sus manos se hunden con fuerza en los bolsillos de su pantalón. El aire a nuestro alrededor se siente denso, cargado de una tensión que casi puedo palpar. Al ver la intensidad con la que clava sus ojos en mi cuerpo, una idea retorcida empieza a cobrar fuerza en mi interior. Noto cómo la presencia de su mano sobre el brazo de él parece titubear ante mi mirada. El resentimiento que traía en el auto muta, se transforma en algo mucho más oscuro, letal y perfecto. No sé qué piensa él, ni qué le pasa por la cabeza, pero sé perfectamente cómo me mira. Y esa mirada es todo lo que necesito. Ya sé por dónde puedo crear un conflicto destructivo. Ya sé exactamente por dónde voy a desangrar tu felicidad, Juliette. Miro a Alistair y le dedico una sonrisa lenta, pequeña y falsamente inocente, una sonrisa que contrasta con el fuego de venganza que acaba de encenderse en mis ojos azules. —Tu esposo... —digo en un susurro, arrastrando las palabras con lentitud—. Qué gusto. Estoy segura de que nos vamos a llevar... muy bien ahora que se que eres mi nuevo papá. La palabra flota en el aire entre nosotros como una promesa maldita. Alistair traga saliva visiblemente, inmóvil bajo mi escrutinio. El juego prohibido ha comenzado, y juro por la memoria de mi padre que voy a quemar este paraíso hasta que solo queden cenizas.






