Capitulo 03

Alessandra Dumont

​La luz intensa de la mañana atraviesa los inmensos ventanales de mi habitación, despertándome de golpe. Me toma unos segundos recordar dónde estoy. No hay nieve bloqueando el cristal, no está el cielo gris plomizo de San Petersburgo, ni el frío polar que calaba mis huesos cada mañana al levantarme. Aquí el sol es brillante, cálido y casi agresivo, recordándome que he vuelto a un lugar que se supone que era mi hogar, pero que se siente completamente ajeno.

​Me levanto de la gran cama de seda blanca con una energía diferente. Voy directo al baño, abro la llave de la ducha y dejo que el agua tibia despabile mi cuerpo. Mientras me enjabono, la escena de la noche anterior en la cocina regresa a mi mente como una ráfaga de fuego. La firmeza de Alistair, la forma en que sus ojos marrones me devoraron en la oscuridad, la textura áspera y ardiente de su brazo tatuado bajo mis dedos… y, sobre todo, el hecho de que no me apartó. No me rechazó.

​Una sonrisa lenta y calculadora se dibuja en mis labios mientras me seco. Me encamino al vestidor decidida a ponerme muy linda. Elijo un vestido corto de punto fino en un tono verde oliva que resalta la palidez de mi piel y se ciñe perfectamente a mis curvas, marcando mi cintura pequeña y el contorno de mis caderas. Me cepillo el cabello oscuro, dejándolo caer suelto sobre mis hombros, y me aplico un poco de brillo en los labios. Al mirarme al espejo, me gusta mucho cómo me veo.

Me siento segura, atractiva y, por encima de todo, peligrosamente enfocada. Tengo un objetivo claro metido entre ceja y ceja voy a seducir al esposo de mi madre. Voy a entrar bajo su piel hasta que no pueda respirar sin pensar en mí, y a través de él, voy a quebrar la perfecta y maldita existencia de Juliette.

​Con el corazón latiéndome a un ritmo constante de pura adrenalina, salgo de la habitación y bajo las imponentes escaleras de mármol. Sigo el eco de unas voces bajas hasta el comedor principal. Para mi sorpresa, mi madre y su esposo ya están allí, sentados a la mesa mientras una empleada termina de servir el desayuno. Respiro hondo, elevo la barbilla y entro al lugar.

​—Buenos días —digo, manteniendo mi postura erguida.

​Juliette levanta la vista, interrumpiendo lo que sea que le estaba diciendo a Alistair. Me recorre con la mirada, deteniéndose un segundo en la longitud de mi vestido, antes de forzar esa sonrisa ensayada de alta sociedad.

​—Buenos días, Alessandra. Mírate, qué guapa estás —comenta, aunque sus ojos carecen de calor real—. Pero vaya, de verdad que te escuchas muy rusa al saludar. Arrastras muchísimo la pronunciación.

​Suelto una risa ligera, ladina, y me siento en la silla frente a ellos, quedando directamente en la línea de visión de Alistair.

​—Bueno, en teoría soy rusa, Juliette. Tengo catorce años viviendo en Rusia. Es normal que mi propio idioma se sienta un poco rígido en mi boca —le respondo, lanzando el dardo con total tranquilidad.

​La mención de los años de destierro hace que el ambiente se tense al instante. Juliette parpadea, visiblemente incómoda, y se aclara la garganta mientras remueve su café con una cucharilla de plata. Trata de mantener la compostura, pero noto el sutil temblor en sus dedos.

​—Y... ¿cómo estuvo todo por allá estos años? —pregunta, intentando sonar interesada para llenar el bache de tensión—. Nunca me dabas demasiados detalles en tus cartas.

​—Bastante bien —contesto, tomando una tostada con total parsimonia—. El internado fue agradable, dentro de lo que cabe. Las tutoras eran estrictas, pero el lugar tenía su orden. No me quejo, aproveche al máximo mi estadía ahí.

​Alistair, que se había mantenido en absoluto silencio cortando su comida, levanta la mirada. Hoy viste un traje gris marengo sin corbata, luciendo una estampa tan imponente y pulcra que me hace tragar saliva de forma invisible. Sus ojos marrones, oscuros y misteriosos, se clavan en los míos. Noto una rigidez en sus hombros que no estaba allí ayer por la tarde.

​—¿Es tan difícil la vida allá como dicen? —pregunta él, y el retumbo de su voz con ese espeso acento italiano me provoca un vuelco inmediato en el estómago—. Sobre el país, me refiero.

​Sostengo su mirada, negándome a pestañear, obligándolo a sostener el contacto visual frente a mi madre.

​—Es un lugar muy frío, Alistair —le digo, arrastrando la "r" con lentitud, casi acariciando su nombre—. El invierno parece no terminar nunca. Y las personas... bueno, las personas allá son un poco como el clima. Rígidas, distantes, frías al principio. Es un mundo completamente diferente a los Estados Unidos. Me va a costar un poco acostumbrarme a tanta calidez repentina.

​Alistair aprieta la mandíbula y desvía la mirada hacia su plato de forma abrupta. Juliette, ajena a la corriente eléctrica que acaba de cruzar la mesa, mira su reloj de muñeca con expresión de prisa.

​—Bueno, mis amores, yo tengo que salir ya —anuncia Juliette, levantándose de la silla con dinamismo—. Tengo una agenda repleta hoy. Debo coordinar las flores, el banquete y repasar la lista de invitados para la fiesta de presentación. Quiero que todo sea perfecto para que la sociedad te reciba como una Dumont legítima, Alessandra. Cualquier cosa que necesites, por favor, me llamas al celular.

​Mi madre se acerca a Alistair, se inclina y le planta un beso sonoro en los labios. Observo la escena con una frialdad absoluta, registrando cómo él corresponde el gesto de forma automática, casi mecánica. Luego, Juliette camina hacia mí, me deja un beso rápido en la mejilla y me da una palmadita en el hombro.​—Te amo, querida. Disfruta tu mañana —dice antes de salir del comedor a paso apresurado, haciendo resonar sus tacones de diseñador hasta que la puerta principal se cierra.

​En cuanto nos quedamos solos, el silencio en el comedor se vuelve ensordecedor. Alistair se levanta de la silla de golpe, tan rápido que casi tira su servilleta de lino. Prácticamente huye de mi presencia.

​—Disculpa... voy a tener una llamada importante en mi despacho —dice con voz ronca, sin mirarme a la cara, y se aleja a zancadas hacia el pasillo del fondo.

​Me quedo sentada unos segundos, mirando el espacio vacío que dejó. Una sonrisa de suficiencia se dibuja en mi rostro. Está huyendo porque tiene miedo. Tiene miedo de lo que sintió anoche y de lo que sabe que provoca en mí. Pero yo no he venido desde el otro lado del mundo para rendirme al primer intento. Estoy muy decidida a seducirlo.

​Me levanto de la mesa, aliso las faldas de mi vestido verde y camino con pasos silenciosos y seguros hacia la oficina de él, guiada por el leve sonido de una puerta cerrándose al final del pasillo. Llego frente a la doble puerta de madera oscura del despacho y, sin molestarme en tocar, abro una de las hojas y entro.

​Alistair está de pie detrás de su enorme escritorio de caoba, con un papel en la mano. No hay ningún teléfono en su oído, ni ninguna pantalla encendida. No está en ninguna llamada.

Al verme entrar, sus ojos marrones se dilatan y se queda completamente inmóvil.

​—Bueno, estoy lista para mis lecciones —digo, cerrando la puerta detrás de mí con un sutil clic.

​—Alessandra te dije que estaba ocupado... —empieza a decir, adoptando una postura de autoridad que no se cree ni él mismo.

​—No estás hablando con nadie, Alistair —lo interrumpo, caminando con lentitud hacia el escritorio—. Y anoche dijiste que me ayudarías con el inglés. Estoy lista para las lecciones que dijiste que me ibas a dar.

​Me acerco al borde del escritorio y, con toda la intención del mundo, me siento sobre una de las pesadas sillas de cuero que están frente a él. Me acomodo despacio, cruzando una pierna sobre la otra. Como el vestido de punto es corto, al doblar la pierna la tela se desliza de forma inevitable hacia arriba, dejando al descubierto una generosa porción de mis muslos blancos y tersos. Lo hago con toda la malicia, con la intención clara de que él vea un poquito más. No tengo idea de hasta qué punto voy a llegar hoy, no tengo un guion escrito, pero el instinto de mujer que acaba de despertar en mí me dicta exactamente qué hacer para desarmarlo.

​Puedo ver, con una claridad que me infla el pecho de triunfo, cómo Alistair baja un poco la mirada de forma involuntaria. Sus ojos marrones se clavan en mi pierna desnuda, recorriendo la línea de mi muslo con una fijeza pesada, casi hambrienta, antes de obligarse a subir la vista hacia mi rostro, con las facciones endurecidas por el esfuerzo de controlarse.

​—No creo que este sea el momento, Alessandra —dice, y su acento italiano suena más arrastrado y denso debido a la tensión—. Deberías estar descansando o conociendo la casa.

​—Quiero aprender —insisto, apoyando los codos en el escritorio y sosteniéndole la mirada con un deje de inocencia fingida—. Dime algunas palabras.

​Él exhala un suspiro rudo, frustrado, y se sienta en su sillón, intentando mantener la distancia profesional. Se aclara la gran garganta y pronuncia un par de palabras en inglés, términos formales y cotidianos, tratando de desviar el ambiente hacia algo puramente educativo. Su voz grave reverbera en las paredes del despacho.

​Sonrío levemente, complacida por su intento de resistencia. Me levanto de la silla despacio, rodeando el gran escritorio de caoba con pasos felinos, descalza sobre la alfombra. Alistair me sigue con la mirada, poniéndose cada vez más rígido a medida que me acerco a su espacio personal. Me coloco justo detrás de su sillón de cuero, inclinándome sutilmente hacia adelante para que mi aroma a frutas y jabón lo envuelva por completo.​—¿Y cómo se pronuncian las palabras que expresan... confusión? —le pregunto cerca del oído, dejando que mi respiración roce su nuca. Me detengo un momento y, cambiando radicalmente al ruso, pronuncio una frase larga, fluida y melodiosa, llena de consonantes suaves y esa musicalidad misteriosa de mi infancia—. Я не знаю, что делать con este calor, Alistair. Me cuesta recordar cómo hablarte.

​Él se tensa por completo, aferrando los apoyabrazos del sillón con tanta fuerza que sus nudillos se vuelven blancos. No entiende una sola palabra de lo que acabo de decir en ruso, pero el tono de mi voz es más que suficiente.

​—No entiendo tu idioma, Alessandra —dice él, girando la cabeza ligeramente hacia atrás para mirarme. Estamos tan cerca que puedo ver las pequeñas chispas doradas en sus ojos marrones

​—Estoy buscando la palabra para esto... —murmuro.

​Es el momento. El miedo a que me empuje me da un vuelco en el estómago, pero la adrenalina es mucho más fuerte. Apoyo mis manos en sus hombros anchos y firmes, obligándolo a girar el sillón por completo hacia mí. Alistair no se mueve, se queda mirándome desde abajo, con la respiración entrecortada. Sin darle tiempo a pensar, me inclino por completo, acortando la distancia fatal, y sello mis labios contra los suyos.

​Yo soy quien incita el beso. Lo beso con una mezcla de audacia y torpeza, presionando mi boca suave contra la suya, esperando que en cualquier segundo sus manos grandes me empujen hacia atrás con desprecio.

​Pero para mi absoluta sorpresa, Alistair no se aleja.

​Deja escapar un gruñido ronco, un sonido primitivo que nace desde lo más profundo de su pecho, y pierde el control por completo. Sus manos grandes y cálidas abandonan el sillón y se clavan en mi cintura con una fuerza imponente, levantándome en el aire como si no pesara nada. En un movimiento rápido y fluido, me sienta directamente sobre el borde del escritorio de caoba, apartando unos papeles con el brazo.

​El beso cambia en un milisegundo, transformándose en algo profundamente apasionado, salvaje y devorador. Este es mi primer beso real. En el pasado solo había conocido roces cortos, infantiles y sin importancia, pero esto... esto es otra cosa. La forma en que este hombre me besa me fascina y me aterra al mismo tiempo; su boca reclama la mía con una urgencia brutal, su lengua se abre paso con una maestría que me hace soltar un gemido ahogado contra sus labios.

​Siento que el mundo entero se desvanece alrededor del despacho. Mi corazón empieza a latir de una forma tan apresurada y violenta que temo que se me escape del pecho. Una corriente de calor abrasador desciende directo hacia mi vientre, haciendo que mi vagina palpite con una fuerza y una humedad que jamás en mi vida había experimentado. Es una sensación completamente nueva, un pulso eléctrico y pecaminoso que me recorre las piernas y me obliga a arquear la espalda hacia él. Me encanta.

Me fascina perder el control de esta manera con sensaciones que jamás esperé sentir, pero que ahora me queman por dentro.

​Las manos gigantescas de Alistair bajan de mi cintura y comienzan a recorrer mi cuerpo por encima de la ropa. Sube por mis costados, delineando la curva de mis costillas, y luego sus palmas calientes aprietan mis muslos desnudos, subiendo por la tela del vestido verde. Cada roce de sus dedos me hace temblar, arrancándome suspiros mudos mientras su boca sigue devorando la mía con un ritmo frenético, lleno de un deseo salvaje que ya no puede ocultar. El pilar de la casa de Juliette me tiene atrapada contra el escritorio, olvidándose de sus reglas, de su esposa y de su sagrado matrimonio, entregado por completo a la tentación de mi piel.

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