Capitulo 04

Alessandra Dumont

​La brusquedad con la que Alistair se aparta de mí es tan violenta que casi pierdo el equilibrio sobre la superficie de caoba. Su respiración es un estallido sordo, un jadeo acelerado que resuena en las cuatro paredes del despacho mientras da tres pasos hacia atrás, como si tocarme le hubiera quemado las manos. Su rostro, antes encendido por una pasión salvaje, ahora se deforma en una mueca de pura culpa, con las facciones endurecidas y los ojos marrones inyectados en una mezcla de pánico y autorreproche.

​Yo, en cambio, me quedo sentada en el borde del escritorio, completamente descolocada por la intensidad de lo que acaba de suceder. Siento mis labios hinchados, calientes y ligeramente entumecidos por la fuerza de sus besos. Mi corazón golpea contra mis costillas con un ritmo frenético, pero lo más abrumador está mucho más abajo. Mi vagina palpita de pura excitación, dictando un pulso constante, cálido y desconocido que me nubla los sentidos e incluso, al moverme sutilmente sobre la madera, puedo sentir la inconfundible y pecaminosa humedad que ha empapado mi ropa interior. Jamás en mi vida había experimentado un terremoto interno de estas proporciones.

​Alistair se pasa una mano temblorosa por el cabello oscuro, intentando recuperar una compostura que acabo de hacer pedazos. Cuando vuelve a mirarme, sus ojos se han vuelto gélidos, adoptando una máscara de frialdad artificial.

​—Vete de mi despacho —ordena, y su voz es un susurro ronco, tosco, que intenta sonar autoritario pero que tiembla en las comisuras—. Vete ahora mismo, Alessandra. Esto... esto nunca tuvo que haber ocurrido. Es un error. Una locura.

​No me muevo. Me quedo estática, disfrutando del desastre que he provocado en su perfecta armadura.​—Esto es un irrespeto total hacia tu madre —continúa él, apretando los puños a los costados, usándola a ella como un escudo moral para protegerse de mí—. Ambos tenemos que respetarla. Ella te trajo aquí, es tu familia. Tenemos que respetarla, ¿entiendes?

​Al escuchar la palabra «madre» salir de su boca con tanta solemnidad, una pequeña risa, corta y cargada de una ironía afilada, se me escapa de la garganta. No puedo evitarlo. Me resulta ridículo que me hable de respeto hacia una mujer que me arrancó de su vida sin parpadear.

​—¿Respetarla? —le digo, ladeando la cabeza mientras sostengo su mirada furiosa—. Alistair, para mí ella es simplemente una extraña. Una desconocida que no me ve desde hace años. No le debo nada.

​Me deslizo despacio del escritorio, plantando mis pies descalzos sobre la alfombra. Me tomo mi tiempo para alisarme las faldas del vestido verde, acomodándolo sobre mis muslos con una lentitud deliberada, obligándolo a ver cómo me recompongo. Siento un fuego desconocido corriéndome por las venas, un calor abrasador que me empuja a hacer cosas que jamás creí capaces de habitar en mí. Camino hacia él, acortando la distancia que nos separa hasta quedar a escasos centímetros de su imponente pecho. Levanto la barbilla, lo miro directamente a los ojos y dejo salir las palabras sin un solo rastro de duda.

​—Realmente deseo estar en tu cama, Alistair —le susurro, arrastrando las letras con esa cadencia rusa que sé que lo desarmó—. Pero cuando estés listo... te espero con muchas ansias en la mía.

​En cuanto las palabras abandonan mis labios, una oleada de desconcierto me golpea por dentro. En mi mente, una voz atónita se pregunta de dónde demonios están saliendo estos términos tan descarados. No sé desde cuándo soy tan valiente, ni en qué momento aprendí a mirar a un hombre a los ojos de esta manera, con una fijeza tan lasciva y directa. Yo no soy así. Toda mi vida en San Petersburgo fui una chica retraída, callada, una sombra tímida que se escondía detrás de los libros para no llamar la atención en el internado. Siempre fui la joven sumisa que acataba las órdenes. Pero ahora, al tener a este italiano maduro frente a mí, siento cómo un fuego salvaje arde en mi interior, consumiendo mis miedos y transformándome en alguien implacable.

​Sé perfectamente qué es lo que alimenta este incendio: mis ganas enfermas de vengarme de mi madre. Es el deseo visceral de hacerle la vida imposible a Juliette. Si para romper a Juliette tengo que convertirme en una pecadora, lo haré con gusto.

​Alistair da un paso atrás, visiblemente impactado por mi audacia. Su manzana de Adán se mueve al tragar saliva y sus ojos marrones recorren mi rostro con una mezcla de horror y deseo reprimido.

​—Vete, Alessandra. Por favor... vete ya —pide de nuevo, y esta vez su tono es casi una súplica desesperada.

​Asiento lentamente, manteniendo esa sonrisa ladina que oculta mis propios nervios. Suelto un leve suspiro, doy la vuelta y salgo del despacho sin decir una sola palabra más, cerrando la pesada puerta de madera detrás de mí.

​En cuanto me encuentro sola en el pasillo, la fachada de mujer fatal se agrieta un poco y la realidad de lo que acabo de hacer me cae encima. Tengo el corazón latiendo a una velocidad alarmante, tanto que siento los golpes en mis oídos. Camino a toda prisa hacia las escaleras, subiendo los peldaños de mármol casi sin aire. Me siento demasiado caliente; la temperatura de mi cuerpo se ha elevado a niveles insoportables debido a la tensión y a la excitación acumulada. Al cruzar los brazos sobre mi pecho, noto el roce áspero de la tela mis pezones están completamente erectos, duros y sensibles, respondiendo al estímulo del recuerdo de sus manos grandes.

​Llego a mi enorme habitación blanca, cierro la puerta con llave y me apoyo contra ella, jadeando. El contraste del diseño inmaculado y pulcro del cuarto con el desastre pecaminoso que llevo por dentro me miente una sensación de vértigo. Desesperada por desprenderme del calor, me quito el vestido verde de un solo tirón, dejándolo caer al suelo junto con mi ropa interior húmeda.

​Simplemente no puedo evitarlo. El deseo es un animal hambriento que me araña las entrañas.

Me encamino hacia la cama monumental, me acuesto boca arriba sobre las sábanas de seda blanca y abro mis piernas. Mis dedos, temblorosos y ansiosos, descienden con timidez por mi vientre liso hasta encontrarse con la calidez de mi intimidad. Al rozar mi clítoris, un gemido de puro placer se me escapa de la garganta, perdiéndose en el silencio del cuarto.

​Suelto un suspiro profundo y comienzo a tocarme con movimientos circulares, cada vez más rápidos, incapaz de contener la necesidad.

Cierro los ojos con fuerza y la imagen de Alistair inunda mi mente de inmediato: recuerdo la rudeza de su boca, el roce de sus brazos repletos de tatuajes oscuros y la forma en que me levantó con tanta facilidad para sentarme en la mesa. Cada recuerdo hace que mi vagina se vuelva más húmeda, segregando un flujo espeso que facilita el movimiento de mis dedos. Estoy completamente entregada a la fantasía, perdiendo el sentido de la realidad mientras mi cuerpo se arquea sobre el colchón, buscando un alivio que nunca antes había necesitado de esta manera tan urgente. El nombre del esposo de mi madre se dibuja en mis pensamientos como un mantra prohibido.

​De repente, un impacto violento rompe la paz del lugar.

​La puerta de mi habitación se abre de forma brusca, azotándose contra la pared con un estruendo que me hace dar un brinco violento en la cama. Mi corazón se detiene por un milisegundo y el pánico me congela la sangre. Abro los ojos de golpe, cubriéndome el pecho con una de las sábanas en un acto reflejo de pura vergüenza.

​Pero para mi absoluta sorpresa, no es ninguna empleada, ni mucho menos mi madre.

​Es Alistair.

​El hombre que me ordenó marcharme, el pilar moral de mi madre, ha roto sus propias barreras y está aquí, devorándome con los ojos en la intimidad de mi cuarto.

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