Alessandra DumontEl silencio vuelve a reinar en el despacho de Alistair, un silencio que ahora ya no tiene el filo de la urgencia, sino una pesadez densa, cargada de una intimidad que me desarma. Mi cuerpo, todavía vibrando por la descarga reciente, se siente extraño, como si las paredes de la oficina hubieran cambiado de forma. Él me sostiene con una naturalidad que me sorprende; no me suelta, no hay un ápice de esa frialdad corporativa que suele portar como un escudo. Simplemente me envuelve en sus brazos, sintiendo el calor de nuestra piel desnuda contra el cuero del sofá, y me lleva con él hacia la penumbra de la zona privada del despacho.Se acomoda, recostando su espalda contra el respaldo, y me posiciona sobre su regazo. Estamos expuestos, vulnerables, sin nada que nos proteja, y sin embargo, es en esta desnudez total donde siento que la verdadera partida de ajedrez apenas comienza. Sus manos, grandes y firmes, recorren mi espalda con una suavidad que me recorre como una de
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