Alessandra Dumont En cuanto la pesada puerta de caoba del despacho se cierra a mi espalda, siento que las piernas me tiemblan tanto que estoy a punto de desplomarle sobre el suelo de mármol. Me apoyo contra la pared del pasillo, llevando una de mis manos directamente al pecho, justo encima del corazón, que late con una violencia tan desbocada que me genera dolor en las costillas. Respiro hondo por la boca, intentando tragar el aire frío de la mansión, pero el aroma a tabaco, whisky y el perfume amargo de Alistair sigue impregnado en mis fosas nasales, asfixiándome. Todavía no puedo creerlo. No puedo asimilar que haya sido capaz de entrar allí, de mirarlo directamente a esos ojos oscuros y de pronunciar ese tipo de palabras. ¿De dónde diablos saqué el descaro para llamarlo papi en su propia cara? Siento una punzada de pánico en el estómago al darme cuenta de que estoy interpretando un papel, una fachada de woman fatal, fría y calculadora que soy capaz de proyectar con un esfuerzo
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