Apollo
Estaba frente a los ventanales de mi oficina. La ciudad se extendía a mis pies como un cuadro que ya me aburría. En el cristal apenas se dibujaba mi silueta, con las manos en los bolsillos, la corbata floja y la mandíbula tensa.
Detrás de mí, una voz conocida rompió el silencio.
—Señor Reed.
No me volví enseguida. Ya sabía quién era. Cuando por fin miré, Austin esperaba junto a la puerta, ya dentro de la oficina, y mantenía la cabeza un poco inclinada.
—Señor Reed —repitió, ya erguido.
Lo