La tarde había quedado atrás cuando mi padre propuso encender una fogata. El frío empezaba a sentirse con más fuerza y el viento se colaba entre los pinos, así que terminé siguiendo la idea sin pensarlo demasiado. Me quedé cerca del porche, envuelta en mi suéter de lana, mientras las llamas crecían poco a poco entre los leños. El cielo estaba despejado y lleno de estrellas, tan brillantes que parecía imposible que fueran las mismas que apenas podía distinguir desde la ciudad. El olor a madera quemada se mezclaba con el de los pinos y, por unos minutos, conseguí olvidarme de todo lo que había dejado atrás.Sebastian estaba unos metros más adelante, ayudando a mi padre con la fogata. Llevaba una camisa de franela oscura, las mangas remangadas hasta los antebrazos y el cabello desordenado por el viento. Lo observé en silencio, disfrutando de verlo así, sin la formalidad que solía acompañarlo a todas partes. Había algo extrañamente atractivo en verlo moverse entre los leños, riéndose con
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