Me detuve un instante frente a los cristales del ascensor privado de la empresa. A simple vista, parecía la directora ejecutiva de siempre: impecable, serena y con el control absoluto de cada detalle. Nadie habría imaginado que, por dentro, apenas lograba mantener el equilibrio. Solo habían pasado un par de horas desde que Sebastian me había dejado sobre el sofá de la mansión, y ni el cambio de ropa, ni el traje gris perla que ahora llevaba puesto, ni el maquillaje cuidadosamente retocado habían conseguido borrar lo que había pasado entre nosotros. Mis labios seguían recordando los suyos y mi piel todavía conservaba el calor de sus manos. Intenté concentrarme en la presentación de los activos extranjeros que debía revisar antes de la tarde, pero era imposible. El aroma a sándalo que siempre lo acompañaba y la promesa de terminar lo que habíamos empezado seguían dando vueltas en mi cabeza, negándose a desaparecer.Crucé el pasillo del piso presidencial con paso firme, sujetando la tabl
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