—¿Crees que esto es solo por mi orgullo? —replicó. Levantó una mano despacio y la detuvo a un suspiro de mi mejilla. No llegó a tocarme, pero sentí el calor de su piel—. Mírame, Abigail. Dime de verdad si crees que esto puede seguir reduciéndose a una firma y un contrato.—Entonces bésame —lo desafié en un murmullo, aunque mi propia voz traicionó la seguridad que intentaba mantener—. Rompe la cláusula. Demuéstrame que Sebastian Laurent, el hombre que siempre tiene el control, también puede perderlo por alguien como yo.Mis palabras quedaron suspendidas entre nosotros, alterando la densa atmósfera que llenaba el auto. Por un instante, vi cómo algo en la expresión de Sebastian cambiaba de forma radical. La calma que siempre parecía tener bajo un dominio absoluto empezó a resquebrajarse ante mis ojos. Se inclinó apenas hacia mí, reduciendo la distancia hasta que apenas quedó espacio entre los dos. Sus labios rozaron los míos sin llegar a sellar el beso, y ese simple contacto, sutil pero
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