Sebastian no levantó la voz. Dio tres pasos lentos hacia nosotros, y esa simple acción bastó para que el espacio se volviera tan denso que costaba respirar. Su mirada gris se clavó en las manos de Brandon, que seguían aferradas a mis brazos.
—Suéltala —ordenó Sebastian. Su tono fue un susurro áspero, una vibración baja que transmitía un peligro tan real que a mí misma se me erizó la piel.
Brandon parpadeó, saliendo del trance de su propia desesperación. Miró a su tío, luego me miró a mí, y por