La pluma estilográfica temblaba entre los dedos de Brandon mientras estampaba su firma en el documento que oficializaba su destitución como director de la empresa. La presión unánime de los miembros de la junta de accionistas y la mirada severa del abuelo Maximilian no le habían dejado otra opción: o aceptaba de inmediato su descenso a un simple puesto de analista financiero o perdería, antes del mediodía, el multimillonario fideicomiso que llevaba años esperando heredar. Al terminar de firmar,