MARIANA
Tenía un calendario escondido en el forro de la maleta.
No lo había pegado en la pared. No lo había dejado en el cajón. Lo guardé donde nadie de esta casa pudiera encontrarlo, porque en este palacio las paredes oían y yo no quería que nadie supiera lo que yo contaba cada noche.
Tomé el bolígrafo y taché un día más.
Trescientos sesenta.
Faltaba uno menos. Eso era una victoria, aunque no se sintiera como ninguna.
Guardé el calendario, dejé la maleta a medio deshacer —porque deshacerla del