ZAYED
No podía dormir, y eso no era nuevo.
Lo que era nuevo fue darme cuenta, a las tres de la madrugada, de que el sillón estaba vacío.
Una luz delgada salía del rincón del cuarto, del escritorio que casi nadie usaba. Y ahí estaba ella. Sentada, con el camisón y el cabello suelto, una computadora abierta y papeles regados por toda la mesa. Una taza de té frío que no se había tomado.
Me quedé quieto en la oscuridad, mirándola.
Era distinta cuando creía que nadie la veía. No tenía la espalda rec