La noche se había vuelto un campo de batalla silencioso. Liam salió al jardín con el dron en una mano y la tablet en la otra, mientras los hombres que habían estado siguiendo la casa comenzaban a rodear la propiedad. El zumbido del dron apenas se escuchaba entre el susurro de las palmeras y el viento nocturno que mecía las ramas como dedos fantasmas. Pero Liam no estaba solo. Ignacio, desde la entrada, observaba con el corazón en un puño, listo para intervenir si algo salía mal.Liam maniobró el dron con la precisión de un piloto de combate, elevándolo sobre las cabezas de los intrusos mientras activaba el sistema de sonido. De repente, una voz grave y distorsionada surgió de los altavoces, retumbando en la noche como un trueno:—«Buenas noches, señores. ¿Buscan algo? Porque yo ya los encontré a ustedes.»Los hombres se detuvieron en seco, mirando al cielo con desconcierto. Uno de ellos, el más corpulento, sacó una pistola y apuntó al dron, pero Liam, con una sonrisa de oreja a oreja,
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