El juzgado de Miami bullía de actividad como un hormiguero enloquecido. Periodistas con cámaras colgando del cuello se agolpaban en la entrada, y los flashes se disparaban como pequeños relámpagos cada vez que una figura importante cruzaba las puertas de cristal. La sala principal, la número tres, estaba abarrotada hasta los topes. Hombres de negocios, curiosos, empleados de Montesinos Corp y hasta algún que otro político se habían desplazado para presenciar el juicio que podría cambiar el rumb