Ignacio estaba en el altar, con el traje de novio impecable y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Cada palabra del oficiante era un martillazo en su conciencia. Cada mirada de los invitados era un recordatorio de la mentira que estaba a punto de sellar. Pero no podía detenerse. No podía arriesgar la vida de Vanessa. Su mano, que sostenía la de Clara, temblaba ligeramente, y su mente viajaba a la mujer que realmente amaba, la que estaba en algún lugar de la ciudad, quizás viendo la boda por televisión, quizás llorando.Clara, a su lado, también sentía el peso de la farsa. Había ensayado aquel momento decenas de veces, pero nada la había preparado para la mirada de Ignacio, que no la veía a ella, sino a través de ella. Sabía que era una actriz, que su papel terminaría cuando la ceremonia acabara, pero por un instante, deseó que aquella mentira fuera real. Deseó que alguien la mirara como Ignacio miraba a Vanessa.Y entonces, cuando el oficiante preguntó si alguien se oponía a aquella
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