Liam no había dormido bien. Las pocas horas de sueño estuvieron plagadas de imágenes confusas: un hombre de ojos claros acechando en las sombras, su madre llorando en un aeropuerto, una puerta de hotel que se abría sola. Despertó con el corazón acelerado y la tablet pegada al pecho, como si fuera un escudo contra el mundo.
Eran las seis de la mañana. Afuera, el sol comenzaba a iluminar las ventanas de su apartamento en Brickell. Su madre aún dormía; la escuchó roncar suavemente a través de la p